14 de abril de 2014


ORGANIZACIÓN
de estudiantes y docentes alternativos

Suele decirse: La vida enseña o la vida es una gran escuela. Este es un modo sencillo, adecuado y humilde de aludir a los aprendizajes que cada uno hacemos de modo inevitable por el hecho de vivir e, igualmente, porque reconocemos la potencialidad genética que tenemos para aprender siempre de la vida, estimulados por circunstancias económicas, políticas, sociales, en suma, culturales.

Aprendemos diariamente con nuestros familiares, compañeros de trabajo y estudio, vecinos y amigos; así como, en la relación con la naturaleza y las cosas. Hasta cuando nos equivocamos aprendemos, individual-colectivamente, en el esfuerzo por alcanzar lo que nos proponemos para vivir en mejores condiciones.

En este complejo aspecto de la vida llamado aprendizaje conviene reflexionar lo que dijo el filósofo español Ortega y Gasset[1] a inicios del siglo pasado: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Con esta esencial referencia a la importancia del contexto en el que cada uno vive, tenemos la posibilidad de comprender que el yo individual se va formando con el yo social, en un mundo de vínculos vitales.

Nos organizamos para desarrollarnos

Como parte de las múltiples dimensiones del aprendizaje y de las naturales interacciones humanas, también aprendemos a decidir y organizarnos para hacer y definir roles compartidos en función de nuestros derechos y obligaciones, ordenar nuestros tiempos, aprovechar los recursos de los cuales podemos disponer y relacionarnos con otras personas y organizaciones; todo esto en el mejor de los escenarios posibles y mirando el futuro social con responsabilidad.

Igualmente aprendemos a cambiar las ideas y prácticas de organización cuando consideramos que estas no responden a lo que deseamos vivir y lograr. Como especie humana, a lo largo de la historia, hemos hecho cambios en la forma de organizar la sociedad global y de cada una de sus partes, con el continuo afán de progresar.

Es porque creemos que organizados tenemos mayor capacidad para alcanzar lo que no podemos lograr individualmente, más aun si tratamos de materializar el  ideal compartido de vivir en bienestar y justicia social.

Solo cuando consideramos que la forma de organizarnos no permite lograr lo que deseamos, procedemos a reorganizarnos para mejorar, a veces radicalmente para salir del sopor de la rutina burocrática que funciona como piedra en el camino de nuestras vidas.

Por eso la forma de organizarnos, a la que muchas veces brindamos muy poca atención,  es una cuestión de suma importancia en todas las dimensiones de la existencia de los seres vivos. De tanto tropezar con la misma piedra, los humanos hemos aprendido que la “unión hace la fuerza” y que “juntos podemos todo, separados nada”, aun cuando parece que este aprendizaje nunca es suficiente.

La organización, en sus diversas formas, tiene el valor de crear espacios de encuentro de las personas como seres individuales en los cuales tenemos la oportunidad –muchas veces desperdiciada- de comportarnos como seres sociales, en la posibilidad de construir una convivencia basada en la solidaridad y la cooperación.  En otras palabras, si organizados participáramos en una movilización por el desarrollo, la potencialidad colectiva crecería a la par con la intención transformadora.

Estamos organizados para mantener el statu quo

Sin embargo, igual que en todo sistema social caracterizado por desigualdades, la organización está limitada principalmente a reproducir el statu quo, alimentando una dinámica de “cambio” que no pone en riesgo el modelo de vida que genera brechas sociales.

El sistema educativo, en particular, a pesar de la importancia que se le otorga como motor del desarrollo social,  es un mecanismo eficiente y principalísimo de reproducción de las desigualdades, muchas veces en contradicción con dicha importancia.[2] Para mantener el statu quo, solo basta seguir las costumbres pedagógicas contradiciendo lo que actualmente se entiende por igualdad, justicia, democracia y, últimamente, inclusión social, cultura de paz, convivencia social.

En efecto, gran parte de la práctica educativa camina con un discurso prestado que va por un lado y un proceso pedagógico que va por otro, a veces en paralelo y sin encuentros, solo apaciguando las incoherencias mediante promesas e ilusiones de los que hablan desde el púlpito de las jerarquías en ocasiones y celebraciones especiales.

La organización del sistema educativo actual –hay que decirlo sin miedo-, genera beneficios reducidos que no alcanza para una formación integral y liberadora que logre superar el individualismo-caudillismo-concentración de poder-centralismo en todas las instancias de gestión y con ello, la superficialidad, el desperdicio, la celebración del logro irrelevante, la argolla, el secretismo, la desconfianza, la deslealtad, la corrupción en todas sus formas.

En este ambiente cultural en el que prima la conservación sobre la transformación de lo caduco, la tradicional organización curricular de asignaturas independientes y prescriptivas, el cuadro de horas, el énfasis en la enseñanza a estudiantes promedios y abstractos, la evaluación individual, el aislamiento de instituciones educativas frente a sus contextos, entre otras manifestaciones, nos brinda suficientes ejemplos de una organización educativa caracterizada por un movimiento vegetativo, dedicada a reforzar las relaciones de poder, con la ilusión de lograr solo la movilidad social de un porcentaje mínimo de estudiantes animados por una cultura individualista y de rivalidades, de exitismo y de mejores consumidores.

En el caso específico de los Centros de Educación Básica Alternativa –CEBA-, a pesar de los adelantos académicos en el mundo y de la existencia de un número impreciso de educadores que se esfuerzan por cambiar las cosas mediante el encuentro fructífero entre la vida escolar y la vida de los estudiantes, todavía predomina el autismo de la escuela-monasterio, como si las cosas no necesitasen cambiar. Un arreglo suelto por aquí, otro por allá, en el marco estrecho de la gestión nacional de la Educación Básica Alternativa, mantiene a los CEBA practicando el aprendizaje de conocimientos y no de competencias.

Todo acto de mejoramiento está determinado por la preocupación central de mantener el modelo de vida y, por consiguiente, las desigualdades. En la cultura escolarizada todavía se cree que el aprendizaje cotidiano no tiene nada que ver con el aprendizaje “académico” y, en el mejor de los casos, se piensa que más se enseña en la escuela que en la vida cotidiana. No podemos aceptar con facilidad que aprendemos de la vida cotidiana y las diversas realidades en las que esta se desenvuelve, a pesar que vida y realidad son libros abiertos de todos los tamaños, formas y colores, en los que leemos y aprendemos siempre, cada uno, en sus propias circunstancias y en convivencia con otros.

Nos debemos organizar para convivir forjando libertad y autodesarrollo

La convivencia entre las personas siendo deseable en todos los espacios de vida, es un asunto difícil de conseguir si se tiene una perspectiva de justicia y bienestar para todos, sin segregaciones. Sabemos que entre manos existe la necesidad de reparar los evidentes desequilibrios de la exclusión social, violencia estructural y corrupción e impunidad, generadas principalmente desde los centros de poder económico y político que por defender sus intereses asumen, en la práctica, la defensa de las desigualdades utilizando argumentos “técnicos” separando a los ciudadanos como ganadores y perdedores, una corriente “civilizatoria” brutal.

Para materializar nuevas formas de convivencia orientadas a cambiar es imprescindible construir un proceso de desarrollo orientado a equilibrar lo desequilibrado. No es posible cambiar desde la quietud propia, salvo que desde fuera y de modo imperativo, en situaciones no deseables, se espera que cambien la vida de las personas.

La historia nos ha demostrado que una colectividad, pequeña o grande, cuando se moviliza con intención transformadora crea un espacio de encuentros, satisfacciones, ilusiones y, también, de desencuentros, insatisfacciones y frustraciones, que nos permite aprender mejor y a mayor velocidad.

En ese proceso, la organización juega un papel importante, más aún si genera relaciones interpersonales y condiciones diferentes. Una organización, cuando se construye en democracia y participación plena en la toma de decisiones, crea un ambiente de diálogo y confianza y, sobre esa base, es posible contar con encuentros saludables y proyecciones con sentido, que irán mejorando día a día.

De este modo, la construcción de futuro puede dejar de ser una vana ilusión, porque en vez de esperar su cristalización, todo debe comenzar desde hoy mediante un proceso de desarrollo educativo-social que se estime por su sinceridad y coherencia.

Sin embargo, organizar la organización requiere un esfuerzo que no todos están dispuestos a asumir, porque es un proceso que muchas veces resulta doloroso en la medida que nos reclama salir de las zonas oscuras del miedo individual que nos hace egoístas, “territoriales”, y nos mantiene anclados en costumbres deleznables, en los bunkers propios, aun cuando “sabemos” que la organización en la que "participamos" no nos ayuda a resolver los problemas que tenemos entre manos.

En medio de todo está el miedo, que siendo un valor en la lucha por la vida, cuando es incontrolado debido a nuestras actitudes antisociales de no saber convivir en armonía, es una pesada carga que nos paraliza y nos lleva a justificar lo injustificable. Es pan de cada día en sociedades desequilibradas como la nuestra que las personas instaladas en el poder de las instituciones consideren que sus decisiones individuales o de pequeños grupos son decisiones institucionales. Basta ver el paupérrimo número de decisiones de los ciudadanos frente al estratosférico número de las decisiones que jefes y gerentes de la burocracia toman diariamente sobre aspectos que afectan a muchas personas. En estas condiciones y relaciones de poder, nos hemos acostumbrados a la procastinación,  a la postergación a la espera que sanjuán baje el dedo, a quedarnos con las pequeñas bondades con las cuales sobrevivimos.

Así sucede, en diversos grados, en las familias, centros laborales, comunidades; en la vida económica, política, social; en las escuelas, colegios, institutos, universidades, es decir, en las instituciones educativas.

Esto es fácilmente comprobable en nuestras prácticas pedagógicas, por ejemplo, sabemos que la enseñanza preferentemente “cognitiva” cierra las puertas al aprendizaje integral y pertinente, sin embargo seguimos con lo mismo. Es ¿miedo?, ¿sumisión?, ¿conformismo?, ¿incomprensión? o ¿todo a la vez?

El CEBA es, por cierto, una institución educativa y, como tal, es una organización especialmente dedicada al aprendizaje. Su organización fue ideada recogiendo tardíamente la manera de organizar a las instituciones educativas en el pasado y, salvo algunas adecuaciones, es la misma que alberga una forma de educación que no logra resultados importantes.

La organización del CEBA solo mantiene en un paradójico confort en la dejadez, sin proyectos pensados, sentidos y valorados por nosotros mismos, sin procesos pedagógicos alineados a la vida de los estudiantes, sin climas laborales saludables, sin salarios dignos, sin locales de referencia de libre disponibilidad, sin recursos adecuados y suficientes, todo esto en parte, por las limitaciones de normas dirigidas a mantener el statu quo.

Quizá seguimos así, en la misma situación, porque ganamos un sueldo insuficiente pero lo aceptamos porque nos mantiene a flote; porque en el proceso pedagógico logramos algunas gratificaciones, porque tenemos amigos con los cuales podemos intercambiar experiencias, información y consuelos; porque “la esperanza es lo último que se pierde”.

La organización del CEBA y, específicamente, del proceso pedagógico tiene una utilidad limitada y obstaculiza toda intención de cambio. La organización establecida no promueve el trabajo en equipo, la investigación, la visión del aprendizaje como fenómeno social de carácter multi-factorial, la construcción colectiva en los procesos pedagógicos e institucionales, el sentido de pertenencia a la comunidad. En suma, no construye hacedores, actores de los cambios personales y sociales.

Nos organizamos para aprender de nuestras realidades concretas

Necesitamos, con urgencia, pensar una organización diferente que nos permita mejorar como educadores y estudiantes, como personas que desean Estar-Bien en el CEBA y en la sociedad.

A lo largo de las entradas de este blog se ha venido planteando con insistencia que el proceso pedagógico debe tener como punto de partida las situaciones de vida de los estudiantes, como objeto de estudio principal. Desde ese punto de apoyo y de partida el desarrollo tendrá un punto de llegada eventual que será el imaginado, desde el comienzo y sin tutela, por los estudiantes y educadores alternativos. Entre el punto de partida y de llegada del proceso pedagógico e institucional necesitamos una organización diferente a la que actualmente existe.

Se requiere un nuevo tejido educativo que permita interacciones fundamentales que aseguren aprendizajes fundamentales. Es imprescindible pensar en una organización que ponga en marcha, desde el inicio, prácticas nuevas y alineadas a cumplir con los fines de la educación que hasta ahora no salen del discurso.

Es imprescindible que los estudiantes y educadores se desempeñen con autonomía, cooperación y en equipo a lo largo de todo el proceso de aprendizaje; que los estudiantes, acompañados por los educadores, construyan su trayectoria de aprendizaje como el sustento principal de su trayectoria de vida personal y social; que los estudiantes y educadores dispongan, por iniciativa propia y con apoyo de las diversas formas de organización de la colectividad utilicen diversos espacios y recursos propios para aprender y aplicar lo que se aprende; …etcéteras.

Para esto es necesario poner una mirada más atenta a la organización de estudiantes y educadores en la programación, ejecución y evaluación, de modo tal que se logre encarnar los conceptos dinámicos sobre actoría de estudiantes y educadores en el aprendizaje, ejercicio de derechos, convivencia social, gobernabilidad basada en la participación ciudadana,  educación como fenómeno social transformador y emancipador; así como todos los otros conceptos “apropiados” por la educación que aún se mantienen congelados.




[1] Ortega y Gasset, Meditaciones de Don Quijote, 1914
[2] El historiador peruano Antonio Zapata, en una presentación de YouTube afirma “El estado es una de las claves de la perpetuación de la desigualdad”