ORGANIZACIÓN
de estudiantes y
docentes alternativos
Suele decirse: La vida enseña o la vida es
una gran escuela. Este es un modo sencillo, adecuado y humilde de aludir a
los aprendizajes que cada uno hacemos de
modo inevitable por el hecho de vivir
e, igualmente, porque reconocemos la potencialidad genética que tenemos para
aprender siempre de la vida, estimulados por circunstancias económicas,
políticas, sociales, en suma, culturales.
Aprendemos diariamente con nuestros familiares,
compañeros de trabajo y estudio, vecinos y amigos; así como, en la relación con
la naturaleza y las cosas. Hasta cuando nos equivocamos aprendemos, individual-colectivamente, en el esfuerzo por alcanzar
lo que nos proponemos para vivir en
mejores condiciones.
En este complejo aspecto de la vida llamado
aprendizaje conviene reflexionar lo que dijo el filósofo español Ortega y
Gasset[1] a
inicios del siglo pasado: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a
ella no me salvo yo”. Con esta esencial referencia a la importancia del
contexto en el que cada uno vive, tenemos la posibilidad de comprender que el
yo individual se va formando con el yo social, en un mundo de vínculos vitales.
Nos organizamos para desarrollarnos
Como parte de las múltiples dimensiones
del aprendizaje y de las naturales interacciones humanas, también aprendemos a decidir y organizarnos para
hacer y definir roles compartidos en función de nuestros derechos y
obligaciones, ordenar nuestros tiempos, aprovechar los recursos de los cuales podemos
disponer y relacionarnos con otras personas y organizaciones; todo esto en el
mejor de los escenarios posibles y mirando el futuro social con responsabilidad.
Igualmente aprendemos a cambiar las ideas
y prácticas de organización cuando consideramos que estas no responden a lo que
deseamos vivir y lograr. Como especie humana, a lo largo de la historia, hemos hecho
cambios en la forma de organizar la sociedad global y de cada una de sus partes,
con el continuo afán de progresar.
Es porque creemos que organizados
tenemos mayor capacidad para alcanzar lo que no podemos lograr individualmente,
más aun si tratamos de materializar el ideal
compartido de vivir en bienestar y justicia social.
Solo cuando consideramos que la forma de organizarnos no permite lograr
lo que deseamos, procedemos a reorganizarnos
para mejorar, a veces radicalmente para salir del sopor de la rutina
burocrática que funciona como piedra en el camino de nuestras vidas.
Por eso la forma de organizarnos, a la
que muchas veces brindamos muy poca atención, es una cuestión de suma importancia en todas
las dimensiones de la existencia de los seres vivos. De tanto tropezar con la
misma piedra, los humanos hemos aprendido que la “unión hace la fuerza” y que “juntos
podemos todo, separados nada”, aun cuando parece que este aprendizaje nunca es
suficiente.
La organización,
en sus diversas formas, tiene el valor de crear espacios de encuentro de las personas
como seres individuales en los cuales
tenemos la oportunidad –muchas veces desperdiciada- de comportarnos como seres
sociales, en la posibilidad de construir una convivencia basada en la solidaridad y la cooperación. En otras palabras, si organizados participáramos
en una movilización por el desarrollo, la potencialidad colectiva crecería a la
par con la intención transformadora.
Estamos organizados para mantener el
statu quo
Sin embargo, igual que en todo sistema
social caracterizado por desigualdades, la organización está limitada
principalmente a reproducir el statu quo, alimentando una dinámica de “cambio”
que no pone en riesgo el modelo de vida que genera brechas sociales.
El sistema educativo, en particular, a
pesar de la importancia que se le otorga como motor del desarrollo social, es un mecanismo eficiente y principalísimo de
reproducción de las desigualdades, muchas veces en contradicción con dicha
importancia.[2]
Para mantener el statu quo, solo basta seguir las costumbres pedagógicas contradiciendo
lo que actualmente se entiende por igualdad, justicia, democracia y,
últimamente, inclusión social, cultura de paz, convivencia social.
En efecto, gran parte de la práctica educativa
camina con un discurso prestado que va por un lado y un proceso pedagógico que va
por otro, a veces en paralelo y sin encuentros, solo apaciguando las
incoherencias mediante promesas e ilusiones de los que hablan desde el púlpito
de las jerarquías en ocasiones y celebraciones especiales.
La organización del sistema educativo
actual –hay que decirlo sin miedo-, genera beneficios reducidos que no alcanza para
una formación integral y liberadora que logre superar el individualismo-caudillismo-concentración
de poder-centralismo en todas las instancias de gestión y con ello, la
superficialidad, el desperdicio, la celebración del logro irrelevante, la
argolla, el secretismo, la desconfianza, la deslealtad, la corrupción en todas
sus formas.
En este ambiente cultural en el que
prima la conservación sobre la transformación de lo caduco, la tradicional organización
curricular de asignaturas independientes y prescriptivas, el cuadro de horas, el
énfasis en la enseñanza a estudiantes promedios y abstractos, la evaluación
individual, el aislamiento de instituciones educativas frente a sus contextos,
entre otras manifestaciones, nos brinda suficientes ejemplos de una
organización educativa caracterizada por un movimiento vegetativo, dedicada a
reforzar las relaciones de poder, con la ilusión de lograr solo la movilidad
social de un porcentaje mínimo de estudiantes animados por una cultura
individualista y de rivalidades, de exitismo y de mejores consumidores.
En el caso específico de los Centros
de Educación Básica Alternativa –CEBA-, a pesar de los adelantos académicos en
el mundo y de la existencia de un número impreciso de educadores que se
esfuerzan por cambiar las cosas mediante el encuentro fructífero entre la vida
escolar y la vida de los estudiantes, todavía predomina el autismo de la
escuela-monasterio, como si las cosas no necesitasen cambiar. Un arreglo suelto
por aquí, otro por allá, en el marco estrecho de la gestión nacional de la
Educación Básica Alternativa, mantiene a los CEBA practicando el aprendizaje de
conocimientos y no de competencias.
Todo acto de mejoramiento está determinado
por la preocupación central de mantener el modelo de vida y, por consiguiente, las
desigualdades. En la cultura escolarizada todavía se cree que el aprendizaje cotidiano
no tiene nada que ver con el aprendizaje “académico” y, en el mejor de los
casos, se piensa que más se enseña en la escuela que en la vida cotidiana. No
podemos aceptar con facilidad que aprendemos de la vida cotidiana y las
diversas realidades en las que esta se desenvuelve, a pesar que vida y realidad
son libros abiertos de todos los tamaños, formas y colores, en los que leemos y
aprendemos siempre, cada uno, en sus propias circunstancias y en convivencia
con otros.
Nos debemos organizar para convivir
forjando libertad y autodesarrollo
La convivencia entre las personas siendo
deseable en todos los espacios de vida, es un asunto difícil de conseguir si se
tiene una perspectiva de justicia y bienestar para todos, sin segregaciones.
Sabemos que entre manos existe la necesidad de reparar los evidentes
desequilibrios de la exclusión social, violencia estructural y corrupción e
impunidad, generadas principalmente desde los centros de poder económico y
político que por defender sus intereses asumen, en la práctica, la defensa de
las desigualdades utilizando argumentos “técnicos” separando a los ciudadanos
como ganadores y perdedores, una corriente “civilizatoria” brutal.
Para materializar nuevas formas de
convivencia orientadas a cambiar es imprescindible construir un proceso de desarrollo orientado a equilibrar lo desequilibrado. No es posible cambiar desde la
quietud propia, salvo que desde fuera y de modo imperativo, en situaciones no
deseables, se espera que cambien la vida de las personas.
La historia nos ha demostrado que una
colectividad, pequeña o grande, cuando se moviliza con intención transformadora
crea un espacio de encuentros,
satisfacciones, ilusiones y, también, de desencuentros, insatisfacciones y
frustraciones, que nos permite aprender mejor y a mayor velocidad.
En ese proceso, la organización juega
un papel importante, más aún si genera relaciones interpersonales y condiciones
diferentes. Una organización, cuando se construye en democracia y participación
plena en la toma de decisiones, crea un ambiente de diálogo y confianza y,
sobre esa base, es posible contar con encuentros saludables y proyecciones con
sentido, que irán mejorando día a día.
De este modo, la construcción de
futuro puede dejar de ser una vana ilusión, porque en vez de esperar su
cristalización, todo debe comenzar desde hoy mediante un proceso de desarrollo educativo-social
que se estime por su sinceridad y coherencia.
Sin embargo, organizar la organización requiere un esfuerzo que no todos están
dispuestos a asumir, porque es un proceso que muchas veces resulta doloroso en
la medida que nos reclama salir de las zonas oscuras del miedo individual que
nos hace egoístas, “territoriales”, y nos mantiene anclados en costumbres deleznables,
en los bunkers propios, aun cuando “sabemos” que la organización en la que
"participamos" no nos ayuda a resolver los problemas que tenemos
entre manos.
En medio de todo está el miedo, que
siendo un valor en la lucha por la vida, cuando es incontrolado debido a
nuestras actitudes antisociales de no saber convivir en armonía, es una pesada
carga que nos paraliza y nos lleva a justificar lo injustificable. Es pan de
cada día en sociedades desequilibradas como la nuestra que las personas
instaladas en el poder de las instituciones consideren que sus decisiones
individuales o de pequeños grupos son decisiones institucionales. Basta ver el
paupérrimo número de decisiones de los ciudadanos frente al estratosférico número
de las decisiones que jefes y gerentes de la burocracia toman diariamente sobre
aspectos que afectan a muchas personas. En estas condiciones y relaciones de
poder, nos hemos acostumbrados a la procastinación, a la postergación a la espera que sanjuán baje
el dedo, a quedarnos con las pequeñas bondades con las cuales sobrevivimos.
Así sucede, en diversos grados, en las
familias, centros laborales, comunidades; en la vida económica, política,
social; en las escuelas, colegios, institutos, universidades, es decir, en las
instituciones educativas.
Esto es fácilmente comprobable en
nuestras prácticas pedagógicas, por ejemplo, sabemos que la enseñanza preferentemente
“cognitiva” cierra las puertas al aprendizaje integral y pertinente, sin
embargo seguimos con lo mismo. Es ¿miedo?, ¿sumisión?, ¿conformismo?,
¿incomprensión? o ¿todo a la vez?
El CEBA es, por cierto, una
institución educativa y, como tal, es una organización especialmente dedicada
al aprendizaje. Su organización fue ideada recogiendo tardíamente la manera de
organizar a las instituciones educativas en el pasado y, salvo algunas
adecuaciones, es la misma que alberga una forma de educación que no logra
resultados importantes.
La organización del CEBA solo mantiene
en un paradójico confort en la dejadez, sin proyectos pensados, sentidos y
valorados por nosotros mismos, sin procesos pedagógicos alineados a la vida de
los estudiantes, sin climas laborales saludables, sin salarios dignos, sin locales
de referencia de libre disponibilidad, sin recursos adecuados y suficientes,
todo esto en parte, por las limitaciones de normas dirigidas a mantener el
statu quo.
Quizá seguimos así, en la misma
situación, porque ganamos un sueldo insuficiente pero lo aceptamos porque nos
mantiene a flote; porque en el proceso pedagógico logramos algunas
gratificaciones, porque tenemos amigos con los cuales podemos intercambiar
experiencias, información y consuelos; porque “la esperanza es lo último que se
pierde”.
La organización del CEBA y, específicamente,
del proceso pedagógico tiene una utilidad limitada y obstaculiza toda intención
de cambio. La organización establecida no promueve el trabajo en equipo, la
investigación, la visión del aprendizaje como fenómeno social de carácter
multi-factorial, la construcción colectiva en los procesos pedagógicos e
institucionales, el sentido de pertenencia a la comunidad. En suma, no
construye hacedores, actores de los cambios personales y sociales.
Nos organizamos para aprender de
nuestras realidades concretas
Necesitamos, con urgencia, pensar una organización
diferente que nos permita mejorar como educadores y estudiantes, como personas
que desean Estar-Bien en el CEBA y en
la sociedad.
A lo largo de las entradas de este
blog se ha venido planteando con insistencia que el proceso pedagógico debe
tener como punto de partida las situaciones de vida de los estudiantes, como
objeto de estudio principal. Desde ese punto de apoyo y de partida el
desarrollo tendrá un punto de llegada eventual que será el imaginado, desde el
comienzo y sin tutela, por los estudiantes y educadores alternativos. Entre el
punto de partida y de llegada del proceso pedagógico e institucional
necesitamos una organización diferente a la que actualmente existe.
Se requiere un nuevo tejido educativo
que permita interacciones fundamentales que aseguren aprendizajes
fundamentales. Es imprescindible pensar en una organización que ponga en
marcha, desde el inicio, prácticas nuevas y alineadas a cumplir con los fines
de la educación que hasta ahora no salen del discurso.
Es imprescindible que los estudiantes
y educadores se desempeñen con autonomía, cooperación y en equipo a lo largo de
todo el proceso de aprendizaje; que los estudiantes, acompañados por los
educadores, construyan su trayectoria de aprendizaje como el sustento principal
de su trayectoria de vida personal y social; que los estudiantes y educadores
dispongan, por iniciativa propia y con apoyo de las diversas formas de
organización de la colectividad utilicen diversos espacios y recursos propios
para aprender y aplicar lo que se aprende; …etcéteras.
Para esto es necesario poner una
mirada más atenta a la organización de estudiantes y educadores en la
programación, ejecución y evaluación, de modo tal que se logre encarnar los conceptos
dinámicos sobre actoría de estudiantes y educadores en el aprendizaje,
ejercicio de derechos, convivencia social, gobernabilidad basada en la
participación ciudadana, educación como
fenómeno social transformador y emancipador; así como todos los otros conceptos
“apropiados” por la educación que aún se mantienen congelados.