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Aprender de la vida
cotidiana
He
escuchado con frecuencia opiniones referidas al reconocimiento de lo aprendido
en la vida, fuera del sistema escolar. El valor del saber logrado en el día a día de nuestras vidas aún
tiene mucho por reivindicar, sobre todo, en su imprescindible aprovechamiento
por un sistema escolar que, descontextualizado, mira más las nubes y menos al lugar de pertenencia y a los
aprendizajes que producimos fuera de las escuelas.
A
pesar de haber ingresado al tercer milenio y a la llamada era del conocimiento,
todavía no valoramos lo suficiente lo que aprendemos en el transcurso de la
vida, de modo natural y cotidiano, siempre en interacción con otras personas,
con la naturaleza y con las cosas.
Aun
así, lo cierto es que aprendemos porque nuestras vivencias nos ofrecen los
insumos y la posibilidad de aprender, aunque muchas veces aprendemos sin tomar
conciencia plena e, incluso, hay quienes consideran con desdén que lo aprendido
en la vida son saberes de segunda categoría, sin rigor científico, aun cuando
dudo que dicho rigor se practique en un sistema escolar que se relaciona más con los productos de la
ciencia producido por élites que con los procesos de producción científica.
Es
que las oportunidades de aprender de la vida misma y del sistema escolar se
encuentra en manos de poderes y de relaciones entre clases sociales, género,
raza, edad, nacionalidad u otra condición, que recortan las posibilidades de
desarrollo de muchas personas, manteniendo separadas ambas fuentes de aprendizajes.
En
ambientes de relaciones poco democráticas y desiguales la pita se rompe por la
parte más delgada y las oportunidades de aprendizaje y desarrollo disminuyen
sensiblemente, entre otras causas, por discriminación o por aceptación del
oprobio normalizado por la costumbre.
Son
evidencias de lo dicho el analfabetismo, el bajo nivel de escolaridad y
rendimiento escolar, la pobreza del sistema escolar público, pero estas
situaciones derivadas de las condiciones de vida en nuestra sociedad no niegan
el potencial que tenemos para aprender en todo momento:
Aprendemos
a satisfacer nuestras necesidades, a resolver los problemas que se presentan en
la vida, incluyendo el sobrevivir, siempre teniendo en cuenta los intereses y
expectativas de vivir mejor.
Aprendemos
de nuestras experiencias vitales en todos los espacios que habitamos, tales
como en la familia, el trabajo, la comunidad (vecinal-local regional y
mundial); desde abajo hacia arriba, desde adentro hacia afuera.
Aprendemos
en los hechos a decidir, reflexionar, indagar, crear, actuar, evaluar, y
retroalimentar lo que hacemos en función del sentido de vida, deseos y
necesidades que tenemos.
Aprendemos
pensando, sintiendo, moviéndonos, conviviendo y valorando lo que hacemos. Como
resultado logramos ser personas, con mayores y mejores conocimientos, actitudes
y capacidades.
Aprendemos
con estilo y ritmo propio, es decir, aprendemos de una u otra forma y con una u
otra velocidad, cada quien usando las capacidades y habilidades innatas o
aprendidas, muchas veces por sobrevivencia y sin tomar conciencia plena de que
lo aprendido enriquece la cultura, creencias y conductas de las personas.
Toda
experiencia vital en el día a día encierra una oportunidad de aprendizaje
siempre y cuando se ponga un poco de atención a lo que se vive y se acepte el
desafío de mejorar lo vivido y de superar la conformidad por apatía y desgano.
¿Qué
se entiende por experiencia vital?
Principalmente puede ser entendida como todo hecho o situación de vida,
que se produce desde el nacimiento hasta la muerte, aunque también tiene otros muchos
significados.
Son incalculables las experiencias,
por ejemplo, de ser hijo, padre o hermano; de la forma de alimentarnos, jugar,
cuidar nuestra salud; de trabajar, estudiar, pintar; ejercer derechos, de ser
ciudadanos.
A este aprendizaje de la experiencia
de vida se le ha venido en llamar aprendizaje informal en el cual la persona que aprende sola o en grupo
decide(n) qué y cómo aprender; donde y cuando; quienes y con qué; es decir, se
pone en ejercicio la autonomía y, con ella, el desarrollo de su identidad, su
autoestima y capacidades, con diferentes resultados.
En esa tendencia y realidad del aprendizaje de la vida cotidiana existen, entre muchos otros, dos aspectos involucrados en el acto de aprender que debemos fortalecer para ganar en el sentido y dimensión de lo que hacemos para transformar la vida cotidiana:
1.
Fortalecer
el pensamiento crítico y complejo para decodificar las situaciones de vida en su
propio contexto, mediante un “saber pensar” con mayor profundidad y amplitud de
una experiencia, situación o hecho de la vida.
El pensamiento crítico nos ayuda a introducir la duda, la pregunta, el análisis, la autonomía en la decodificación del objeto de estudio de la vida cotidiana, otorgando mayor consistencia a nuestros razonamientos apoyados en el método científico, incluso frente a lo que es considerado como verdad.
El pensamiento complejo nos ayuda a conectar los diversos elementos de la realidad total del objeto de estudio con la realidad total de la sociedad a la que pertenece y producir conocimiento integral, global, sistémico, desde el protagonismo de los estudiantes.
Frente a tamaño desafío, primero debemos estar convencidos que el sistema educativo peruano no es el sistema escolar, pues este es solo una parte actualmente aislada de las otras partes que lo conforman.
Es hora de pensar en un sistema
escolar que asuma su propio desafío de transformarse como el principal medio
para cambiar el sentido real del aprendizaje dentro y fuera de las escuelas.
En la actualidad lo que se aprende
fuera de la escuela es negado y/o desperdiciado por lo que se aprende dentro de
la escuela, como si se tratara de vidas paralelas derivadas de una
supuesta bipolaridad pedagógica y
social.
Necesitamos que lo que se aprenda
fuera de la escuela sea profundizado y ampliado por lo que se aprenda dentro de
una escuela que practique el método científico en un ambiente genuinamente
democrático, cuyos aprendizajes retornen a la vida, para transformarla.
Para eso solo es necesario situar con
humildad las preguntas a los estudiantes, por ejemplo: ¿Cómo te cuidas de la
pandemia en la familia, en el trabajo y en el barrio?, antes de ¿Qué sabes del
teorema de Pitágoras?
Manuel
Medardo Martínez Mendoza
Pachacámac,
15 de Junio 2020
Imágenes Google: valorarteblog.com

