Educación y política
La Nueva Normalidad se ha convertido en parte del lenguaje de
2020. Sobre todo en las esferas políticas, debido a que la crisis sanitaria nos
obliga a cambiar ideas, actos y creencias para superar, como sociedad, los
desafíos que nos plantea una naturaleza agobiada por la depredación y la
carencia de convivencia en una sociedad precarizada por el poder de unos sobre
muchos.
Pero, del lenguaje a los hechos hay un trecho largo que
debemos recorrer como sociedad, poniendo cada persona lo suyo, en reemplazo de la
predominancia del individualismo y egoísmo acostumbrado en la vida política cotidiana
y reconociendo la condición de seres sociales y, por tanto, de ciudadanos con
derechos que implican deberes. Se trata, entonces, de construir una nueva
convivencia social.
El periodista español Rafael Fernández de Castro hace poco
comentó que "El primer cambio geopolítico es mental e individual, es
saber y aceptar que los milagros no nos devolverán un mundo que ya no existe y
que el que hay que construir es uno sobre valores, como son sociedades libres y
fuertes".
Comparto dicha opinión, sobre todo porque alude a cambios profundos
que implican superar el actual estado de cosas en las que unos se benefician y
otros, la mayoría, vive bajo la subordinación de los beneficios enajenados y no
compartidos. Al ser profundos los cambios a los cuales podemos aspirar, la
amplitud de ellos nos involucra en todos los aspectos de la vida, considerando
que lo que se haga en hogares, centros laborales y comunidades, en sus
diferentes modos y costumbres, influirá en el presente. En un presente que
exige que lo que se quiere lograr en el futuro se practique desde hoy.
El COVID 19, mal que nos pese, ha creado, para bien, un
escenario en el que todos los quehaceres humanos deben ser reconocidos como
vivencias vinculadas. Es el caso, por ejemplo, de los vínculos entre la
educación y la política en una relación de ida y vuelta, tanto en problemas y
soluciones que debemos enfrentar como desafíos urgentes.
En salud, los protocolos dirigidos a evitar mayores contagios
supone el inicio de una nueva normalidad. Deben seguir los cambios de
estructuras sanitarias mediante la construcción de un sentido humano, democrático
y solidario con atención oportuna y de calidad de todos los peruanos y, a
partir de dicho sentido, deben acentuarse los cambios institucionales dirigidos
a satisfacer las necesidades y demandas de prevención y curación de todos los
peruanos.
Para que ese fenómeno social ocurra es urgente el cambio del
quehacer político y la forma de tomar decisiones. La pandemia nos ha brindado la
oportunidad de desnudar la acción de la clase política de los partidos, del
aparato de estado y de organizaciones gremiales de las elites académicas. La
representación legal ha mostrado ser una representación ilegitima de la clase
política nacional y, por eso, la ciudadanía en pleno, principalmente, los
jóvenes del bicentenario, se movilizaron para solucionar los problemas creados
por los viejos y caducos partidos.
Esta es una lección que debemos aprender como sociedad. La acción
ciudadana debe pasar a tener una mayor influencia: Los políticos malogrados por
la ambición del poder, han convertido a sus partidos en maquinarías obsoletas, con
malas costumbres. El derrotero posible es basar la reconstrucción del pais
sobre la base de la organización, participación y movilización ciudadana. Es un
nuevo trípode de poder que debe ser considerado como foco esencial de un planteamiento revisado de desarrollo humano y
de acción ciudadana desde sus lugares de pertenencia territorial y comunitaria
que, contradice el centralismo y la concentración de poder del actual estado.
Igualmente en el caso de la educación los cambios efectuados
por la visita inesperada de la pandemia nos ha llevado a implementar, por
sobrevivencia, la educación a distancia. Construir socialmente una nueva
normalidad supone superar las ideas primarias vinculadas a desvalorar el año
lectivo 2020 como una pérdida y, subsecuentemente, valorar la reimplantación de
la educación presencial y recuperar, según dicen, el tiempo perdido.
En educación las instituciones educativas, en cada lugar, son
los encargados de ofrecer los servicios
a los cuales la ciudadanía tiene derechos en el ejercicio de aprender a lo
largo de toda la vida. El derrotero siguiente, con miras a un cambio real de la
institucionalidad y gestión pedagógica, tiene que ver con la autonomía de las
IE, así como con una normativa abierta y flexible con enfoque intercultural,
que promueva cambios e innovaciones en la gestión de las instituciones
educativas a partir de los cambios en la gestión pedagógica.
Además, sería conveniente precisar que los vínculos que son
necesarios construir socialmente pasan por articular formas de atención semipresencial,
una veces presencial u otras a distancia, de modo compatible y en consonancia
con las lecciones aprendidas por docentes y familias involucradas en la
educación a distancia del 2020.
La articulación también pasa por articular con solidez, los
aprendizajes conceptuales, procedimentales y actitudinales. Igual sucede con la
reconciliación de la educación formal e informal, sobre la base de la apertura
y flexibilidad de la educación no formal.
El cambio debe incluir todos los aspectos, incluyendo cerrar
la brecha que existe entre la importancia real y protagónica de los docentes en
la formación de nuevas generaciones como motor potencial de desarrollo humano y societal, y los ingresos
dignos que les corresponden frente a tamaña responsabilidad, que
lamentablemente la política tradicional dejó de ofrecer en beneficios de todos.
Manuel Martinez Mendoza
Pachacámac, noviembre 2020
Imágenes Google: aterosario.org.ar
