23 de junio de 2020



Aprender de la vida cotidiana

He escuchado con frecuencia opiniones referidas al reconocimiento de lo aprendido en la vida, fuera del sistema escolar. El valor del saber  logrado en el día a día de nuestras vidas aún tiene mucho por reivindicar, sobre todo, en su imprescindible aprovechamiento por un sistema escolar que, descontextualizado, mira más las nubes y  menos al lugar de pertenencia y a los aprendizajes que producimos fuera de las escuelas.

A pesar de haber ingresado al tercer milenio y a la llamada era del conocimiento, todavía no valoramos lo suficiente lo que aprendemos en el transcurso de la vida, de modo natural y cotidiano, siempre en interacción con otras personas, con la naturaleza y con las cosas.

Aun así, lo cierto es que aprendemos porque nuestras vivencias nos ofrecen los insumos y la posibilidad de aprender, aunque muchas veces aprendemos sin tomar conciencia plena e, incluso, hay quienes consideran con desdén que lo aprendido en la vida son saberes de segunda categoría, sin rigor científico, aun cuando dudo que dicho rigor se practique en un sistema escolar  que se relaciona más con los productos de la ciencia producido por élites que con los procesos de producción científica.

Es que las oportunidades de aprender de la vida misma y del sistema escolar se encuentra en manos de poderes y de relaciones entre clases sociales, género, raza, edad, nacionalidad u otra condición, que recortan las posibilidades de desarrollo de muchas personas, manteniendo separadas ambas fuentes de aprendizajes.

En ambientes de relaciones poco democráticas y desiguales la pita se rompe por la parte más delgada y las oportunidades de aprendizaje y desarrollo disminuyen sensiblemente, entre otras causas, por discriminación o por aceptación del oprobio normalizado por la costumbre.

Son evidencias de lo dicho el analfabetismo, el bajo nivel de escolaridad y rendimiento escolar, la pobreza del sistema escolar público, pero estas situaciones derivadas de las condiciones de vida en nuestra sociedad no niegan el potencial que tenemos para aprender en todo momento:

Aprendemos a satisfacer nuestras necesidades, a resolver los problemas que se presentan en la vida, incluyendo el sobrevivir, siempre teniendo en cuenta los intereses y expectativas de vivir mejor.

Aprendemos de nuestras experiencias vitales en todos los espacios que habitamos, tales como en la familia, el trabajo, la comunidad (vecinal-local regional y mundial); desde abajo hacia arriba, desde adentro hacia afuera.

Aprendemos en los hechos a decidir, reflexionar, indagar, crear, actuar, evaluar, y retroalimentar lo que hacemos en función del sentido de vida, deseos y necesidades que tenemos.

Aprendemos pensando, sintiendo, moviéndonos, conviviendo y valorando lo que hacemos. Como resultado logramos ser personas, con mayores y mejores conocimientos, actitudes y capacidades.

Aprendemos con estilo y ritmo propio, es decir, aprendemos de una u otra forma y con una u otra velocidad, cada quien usando las capacidades y habilidades innatas o aprendidas, muchas veces por sobrevivencia y sin tomar conciencia plena de que lo aprendido enriquece la cultura, creencias y conductas de las personas.

Toda experiencia vital en el día a día encierra una oportunidad de aprendizaje siempre y cuando se ponga un poco de atención a lo que se vive y se acepte el desafío de mejorar lo vivido y de superar la conformidad por apatía y desgano.

¿Qué se entiende por experiencia vital?  Principalmente puede ser entendida como todo hecho o situación de vida, que se produce desde el nacimiento hasta la muerte, aunque también tiene otros muchos significados.

Son incalculables las experiencias, por ejemplo, de ser hijo, padre o hermano; de la forma de alimentarnos, jugar, cuidar nuestra salud; de trabajar, estudiar, pintar; ejercer derechos, de ser ciudadanos.

A este aprendizaje de la experiencia de vida se le ha venido en llamar aprendizaje informal en el cual  la persona que aprende sola o en grupo decide(n) qué y cómo aprender; donde y cuando; quienes y con qué; es decir, se pone en ejercicio la autonomía y, con ella, el desarrollo de su identidad, su autoestima y capacidades, con diferentes resultados.

En esa tendencia y realidad del aprendizaje de la vida cotidiana existen, entre muchos otros, dos aspectos involucrados en el acto de aprender que debemos fortalecer para ganar en el sentido y dimensión de lo que hacemos para transformar la vida cotidiana:

1.    Fortalecer el pensamiento crítico y complejo para decodificar las situaciones de vida en su propio contexto, mediante un “saber pensar” con mayor profundidad y amplitud de una experiencia, situación o hecho de la vida.  

El pensamiento crítico nos ayuda a introducir la duda, la pregunta, el análisis, la autonomía en la decodificación del objeto de estudio de la vida cotidiana, otorgando mayor consistencia a nuestros razonamientos apoyados en el método científico, incluso frente a lo que es considerado como verdad.

El pensamiento complejo nos ayuda a conectar los diversos elementos de la realidad total del objeto de estudio con la realidad total de la sociedad a la que pertenece y producir conocimiento integral, global, sistémico, desde el protagonismo de los estudiantes.

 Crear un nuevo ambiente cultural democrático que facilite la movilización de la sociedad en favor de la educación y los aprendizajes mediante el ejercicio de derechos, de creación y de construcción de futuro, para la superación progresiva del paternalismo y asistencialismo, así como la concentración de poder centralizado que generan desigualdades en la comunidades e instituciones nacionales.

Frente a tamaño desafío, primero debemos estar convencidos que el sistema educativo peruano no es el sistema escolar, pues este es solo una parte actualmente aislada de las otras partes que lo conforman.

Es hora de pensar en un sistema escolar que asuma su propio desafío de transformarse como el principal medio para cambiar el sentido real del aprendizaje dentro y fuera de las escuelas.

En la actualidad lo que se aprende fuera de la escuela es negado y/o desperdiciado por lo que se aprende dentro de la escuela, como si se tratara de vidas paralelas derivadas de una supuesta  bipolaridad pedagógica y social.

Necesitamos que lo que se aprenda fuera de la escuela sea profundizado y ampliado por lo que se aprenda dentro de una escuela que practique el método científico en un ambiente genuinamente democrático, cuyos aprendizajes retornen a la vida, para transformarla.

Para eso solo es necesario situar con humildad las preguntas a los estudiantes, por ejemplo: ¿Cómo te cuidas de la pandemia en la familia, en el trabajo y en el barrio?, antes de ¿Qué sabes del teorema de Pitágoras?

Manuel Medardo Martínez Mendoza

Pachacámac, 15 de Junio 2020

 

Imágenes Google: valorarteblog.com

 

 

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