Aprendamos a Regenerar
Realidades con Mayor Conciencia
Estamos
en los primeros días del 2015, abriendo la puerta de una nueva habitación del tiempo
a la que ingresamos para vivir nuevas experiencias, con la sola exigencia de volver
a pensar, con mayor conciencia, en lo que hacemos como educadores alternativos de
poblaciones postergadas. Es una buena oportunidad que tenemos para ponerle
ganas a la regeneración de las realidades de la educación y la sociedad, de la
que somos parte.
¿Regeneración?
Sí,
la regeneración es una constante de la vida. La biología la define como la
capacidad de un organismo para reconstruir, por sí mismo, sus estructuras
dañadas o perdidas.
Las
estrellas de mar, las lagartijas y otras especies cuando se ven amenazadas distraen
a sus depredadores cediéndoles un pie o la cola para huir y después,
progresivamente, “auto repararse”, hasta completar su cuerpo de una manera
autónoma, valiéndose de sus propias potencialidades.
En
el caso de las mariposas la regeneración convierte a los huevos de la especie en
larvas y a estas en crisálidas, antes de
su última conversión en su estado adulto. Este proceso denominado metamorfosis
pone en evidencia sucesivos estadios en los cuales un individuo se regenera, cambia
su morfología y fisiología de modo radical, al extremo de adquirir diferentes
formas siendo un mismo individuo.
En
esa gradualidad también podemos observar las regeneraciones que se manifiestan
en el reemplazo y crecimiento de pelos y uñas de los mamíferos, la muda de los
exoesqueletos de los muymuy y cangrejos, la piel de los reptiles, etcétera.
¿La regeneración se
produce en todas las especies?
En
la especie humana el huevo se convierte en embrión y, luego del alumbramiento,
el niño se convierte progresivamente en adulto, pasando de modo natural por
diversas etapas de la vida, en las cuales se manifiestan características
propias de cada una de ellas.
La
regeneración es, por tanto, un proceso biológico común, en el cual cada
individuo expresa sus propias potencialidades para dar un gran salto
cualitativo, “un nuevo nacimiento”, una metamorfosis que asegura una continua
renovación de lo más importante de la realidad natural.
Es
importante este concepto de regeneración porque implica: a). Una modificación
esencial de las estructuras biológicas, b). Durante un proceso inexorable, b) Realizado
por cada individuo de todas las especies, incluida la especie humana.
¿La regeneración es solo
un fenómeno natural de individuos?
No,
la regeneración tiene una doble dimensión que depende una de otra. Se inicia
como un proceso natural individual pero, simultáneamente, se desarrolla como un
proceso colectivo social, de interacciones entre pares de una misma especie.
En
el caso de las sociedades humanas solo existen características específicas que
la diferencian de las sociedades de otras especies, sobre todo por la forma de
organización y funcionamiento en las que priman, cada vez más, sofisticadas relaciones
de poder de clase que obstaculizan o inhiben la regeneración individual,
principalmente, de los postergados, la convivencia y el aprendizaje.
Entonces ¿Regenerar es
transformar?
El
concepto de regeneración enriquece radicalmente el concepto mayor de
transformación, principalmente de la transformación social, debido a que define
la participación de los individuos en ella, de modo que se plantea el
desarrollo como un proceso endógeno sobresaliente, desde el individuo hacia el
colectivo desde el uso de sus potencialidades hacia la construcción y uso de
las potencialidades de su contexto.
Los
factores endógenos o intrínsecos de todas las personas son primordiales porque
caracterizan al proceso de desarrollo en una dinámica social con una
trayectoria de abajo hacia arriba, de adentro hacia afuera, al encuentro entre
personas y sus organizaciones en un proceso constructivo en el cual los
individuos no pueden ser reemplazados, ni sustituidos, ni representados del
modo como se acostumbra en la relaciones de poder de las élites, instituciones,
estado y gobiernos que afecta el concepto y práctica de democracia,
manteniéndola como una burbuja en la cual los demócratas sustentan su vida a expensas
de una práctica antidemocrática.
Los
factores exógenos, desde una lectura de progreso, son valiosos si permiten el
desarrollo de los individuos facilitando, mediante políticas y recursos, la
creación de oportunidades para el despliegue de las facultades y derechos
individuales en la construcción de relaciones de poder democrático y
constructivo.
Entonces, ¿Es posible
regenerar realidades en las que existen grietas abismales entre una minoría de privilegiados
y una mayoría de postergados?
No
solo es posible sino que es una exigencia social concertar voluntades entre los
ciudadanos –educadores, en nuestro caso- que constituyen la poca visible reserva
moral del país, sin exclusiones de ningún tipo, para regenerar la educación y,
en general, la sociedad, pensando en un futuro deseable de bienestar para
todos.
Para
eso es imprescindible soltarse de las amarras y levar anclas. Es necesario desaprender
los viejos paradigmas acostumbrados con los que se mira la realidad desde
arriba, patriarcalmente, desde el atávico centralismo, con políticas elaboradas
entre las cuatro paredes de las cimas del poder nacional[1], reproducido en las
regiones y localidades, “validadas” mediante “muestras representativas” que
solo sirven para “aprobarlas democráticamente” y que arreglan temporal y
parcialmente los focos de atención que satisfacen las estadísticas y gestiones
pasajeras, en periodos de gobierno basados en caudillismos y personalismos.
La
educación, en su más amplia comprensión y extensión, es decir, la que se
realiza de modo cotidiano mediante las interacciones políticas, económicas y
sociales, en la que se incluye a la educación escolar, constituye parte de los
factores exógenos que pueden potenciar el desarrollo humano en armonía con el
desarrollo de la sociedad en su conjunto.
Así la transformación tiene su base en la
acción de todos los individuos de la especie como elemento fundamental de la
acción colectiva, respetando sus ritmos y estilos. Por esta razón, el papel de la educación deviene en un factor
fundamental siempre y cuando esta se construya, en oposición a la existente,
como una cultura emancipatoria, liberadora, de auto-transformación de las
personas, en su doble condición de individuos-sociales, sin excepción,
valorando que los individuos formamos parte de una realidad natural y social,
sin la cual no existiríamos.
Sabemos
que la otra cara de la educación, con su modelo prescriptivo y conductista,
sirve más para reproducir la cultura social predominante y sus particulares
formas de entender el cambio como parte del estado del momento actual, por
tanto, si los expertos y especialistas en el clásico modelo escolar enseñante deciden
asumir una posición crítica y desmitificadora de lo que hay que cambiar,
igualmente y con buena voluntad, pueden desaprender los viejos paradigmas que
los hacen mirar desde arriba las soluciones de los problemas de los de abajo,
perdiéndose la oportunidad de facilitar la actuación constructiva de
educadores, estudiantes y comunidades locales en la solución de los
problemas que, en primera instancia, les
corresponde solucionar.
La
actual visión de desarrollo personal-social en la práctica es básicamente una
visión de crecimiento económico, de preferencia por escuelas privadas, de
empleabilidad exigida por el modelo productivo existente en el que los derechos
de los trabajadores, incluyendo el de los educadores, son conculcados.
En
esa perspectiva tradicional la educación alimenta una práctica pedagógica basada en un currículo único que es ajeno a las diversas
culturas, mediante el aprendizaje de conocimientos denominados
“universales” y no de competencias reales.
El
liderazgo del director asumido como patriarca de la escuela, la capacitación y meritocratismo
en función de perfiles homogeneizadores y realidades desiguales; la atención de
las demandas con una oferta exclusiva de
áreas curriculares y de prioridades de focalización que excluyen poblaciones,
el uso de “herramientas” de todo tipo que “innovan” y consolidan la actual
cultura escolar, son productos de las nubes de un poder cuyas jerarquías no
construyen igualdad social.
Estas
manifestaciones de una cultura predominante que sesga la atención a solo una
parte de la población, “porque no se puede atender a todos al mismo tiempo”,
constituye una coartada muy utilizada por la gran mayoría de “representantes”
políticos, económicos y religiosos, que solo han servido para lavar la cara
de los modelos que quieren conservar,
proponiendo innovaciones que aceitan solo algunos engranajes de los mecanismos
que crean brechas sociales.
La
experiencia nos ha demostrado que esta es la forma con la que se mantienen los
mismos problemas esenciales de siempre y, de paso, es el modo de fomentar la
ilusión de la salvación futura. Incluso, en defensa de intereses particulares,
se apela a las estadísticas para vanagloriarse de sus logros o para atacar
a sus adversarios, pero se elude los
números pendientes de alcanzar al extremo de no ser tomados en cuenta,
adecuadamente, por los planes “estratégicos”.
Si las prácticas pedagógicas
están en cuestión, ¿La búsqueda de coherencia nos plantea el aprender haciendo?
Parece
que la principal derrota del sistema educativo no está en caerse muchas veces
tropezando con la misma piedra, sino en lo que llaman logros que, incluso, son
celebrados oficialmente en una fecha del año.
Desaprender
el viejo discurso de cambio que se basa en una teoría desvinculada de la
práctica pedagógica rutinaria es una tarea pendiente de los educadores que
trabajan, principalmente, con poblaciones excluidas en los centros de educación
básica alternativa y en las comunidades y organizaciones sociales.
Para
eso hay que revalorar el campo de acción con mayor conciencia y empatía social,
promoviendo la participación activa, la praxis
siguiendo una ruta de práctica-teoría-práctica; cuya experiencia propia
produzca ideas que se materialicen en prácticas regeneradoras, continuas y
relacionadas unas con otras, sistémicamente, producto del aprendizaje diario,
autónomo y cooperativo, con mirada de un futuro pensado democráticamente en
función de todos, desde el presente.
En
esa lógica, la ciudadanía, de la que tanto se habla como tema educativo de
salón pero muy poco se hace, no puede ser un producto futuro sino que se debe
ejercer como derecho desde hoy en los quehaceres de la vida y también en los
quehaceres de la educación, tanto en los aprendizajes en la escuela como en los
de la comunidad.
La
misma condición de educador y de estudiante o persona, en el marco de una
educación que despliegue las facultades de las personas en su propio beneficio,
no puede ser un producto de la culminación de la escolaridad sino que se debe
ejercer desde hoy como un ciudadano pleno, emancipado, en el acto de
aprender-enseñar-aprender en su vida cotidiana.
Una
cosa es promover aprendizajes con enlatados curriculares[2] y, otra, es partir de la
experiencia vital de los estudiantes, descentralizada y contextualizadamente,
como eje de integración de los conocimientos de la llamada cultura universal y
de los saberes que tienen todos los que aprenden.
Así
los planteamientos sobre la autoría de los estudiantes en su aprendizaje, el
protagonismo derivado de su autonomía y solidaridad en el acto de aprender,
adquieren sentido y otorgan valor a la movilización democrática por el
aprendizaje siempre y cuando este tenga diferentes puntos de partida y de
llegada.
En
vez del punto de partida único y general representado por los contenidos de las
áreas curriculares y de temas preestablecidos sobre derechos u otros, en escuelas
y comunidad respectivamente, debemos plantearnos como puntos de partida a las
diversas situaciones de vida de los estudiantes y personas en sus familias,
trabajos y comunidad, elegidas democráticamente como motivo de aprendizaje transdisciplinario.
En
vez del punto de llegada en función de la calificación del rendimiento escolar,
supuestamente académico, debemos plantearnos como puntos de llegada los
diferentes desempeños de estudiantes y personas en la solución de sus
principales problemas de su vida diaria, auto gestionado como parte de sus
propios proyectos de vida.
Aprender,
como educadores alternativos en escuelas y comunidades, a regenerar la
educación regenerando el currículo formal y los contenidos de la educación
fuera de las escuelas con la intención de construir ciudadanía plena es ingresar
por la principal puerta que debemos abrir para aprender a regenerar y
transformar la realidad social sin postergaciones hacia una modernidad de Bien-
Estar para todos.
Desde
este punto de vista la transformación, mediante la educación se podrá vislumbrar
como instrumento de regeneración de sí misma y de la sociedad a la que
pertenece, del impulso de “un nuevo nacimiento”, encargado de facilitar la
superación del paradigma conductista que le gusta donar contenidos e
ilusionarse haciendo mal uso de las invenciones de la ciencia y tecnología, en
desmedro del uso de las potencialidades intrínsecas de las personas,
estableciendo un contacto cultural dominante, en el que una cultura enseña y
otras solo aprenden.
Manuel
Martínez Mendoza
1
de Enero 2015
[1]
Un ejemplo
fresco es lo que señala Ricardo Cuenca, investigador principal del IEP, en un
artículo periodístico reciente: “La mejora del aprendizaje parece ser el lugar
favorito para el fantasma de la exclusión. En un contexto donde la
solución del
problema curricular parece complicar más las cosas y se sabe poco de las
iniciativas para atender a las zonas rurales, se busca segregar a los
estudiantes (a través de la instalación de colegios de alto rendimiento), bajo
el supuesto de que una élite formada resulta la locomotora del cambio. Ni la
coherencia social ni la convivencia democrática son posibles en sistemas
escolares que separan a los estudiantes por ciertas habilidades cognitivas.
El fantasma de la exclusión tiene la
gran habilidad de escudriñar entre las políticas públicas, entre algunas normas
técnicamente viables y en programas basados en evidencias. Pasa inadvertido
entre los sofisticados lentes de la tecnocracia y se instala en la opinión
publica disfrazada de inclusión”.
[2] En las normas y
orientaciones para el desarrollo del año escolar de 2015 en la educación básica
alternativa se mantiene, por vacío de propuestas de cambio, el diseño
curricular básico de la EBA, aprobado en el 2009, que se propone un currículo
por competencias pero que en la práctica se realiza como un currículo de
conocimientos disciplinares desarticulados y contradictorios por su falta de claridad en su
organización y que hace discutible su pertinencia y viabilidad.
4 comentarios:
Gracias Manolito, me ha gustado mucho leer el artículo y sobre todo me hizo recordar que regenerar es algo parecido a lo que José Saramago menciona entre líneas de su cuento La isla desconocida. Regenerar es por lo tanto arriesgarse a ir tras el sueño de encontrar la propia autonomía aún sin saber con exactitud cómo es, sino se irá conociendo haciendo.
Abrazo
Amy
Interesante Manolo, regenerar la educación!!
Sofía Llanos
Estimada Amy, la autonomía es concebida como una expresión de libertad, de emancipación mediante el despliegue de capacidades propias que la educación debe estimular y no contener con tantos tecnicismos.
Efectivamente estimada Sofía, debemos regenerar la educación, con una mirada de totalidad, porque la concepción curricular predominante camina asociada a la direccionalidad, normativa y gestión producida por relaciones de poder, en las cuales los educadores se encuentran y la instituciones educativas solo tienen que aplicar las "verdades" establecidas.
En mi caso, la preocupación está centrada en la educación de personas socialmente marginadas en la EBA y en la educación comunitaria.
Gracias por sus comentarios, abrazos
Publicar un comentario