Desatar el poder que ata
Los discursos
oficiales, más por costumbre que por convicción, suelen afirmar que el
aprendizaje es el centro y razón de ser del quehacer educativo. Sin embargo, en
los hechos, la organización económica-política-social se expresa
tecnocráticamente en normas y prácticas educativas que, en general, contradicen
el discurso produciendo resultados insatisfactorios.
La poca importancia que
se brinda al aprendizaje es producto de la importancia que se otorga al poder
centralizado en pocos y de la poca importancia que se brinda a los estudiantes
y sus desarrollos.
En esas condiciones no
basta declarar las preocupaciones que se tiene, mientras se hace mucho más por
mantener la escasa valoración de los estudiantes mediante la imposición de una
ruta de vida escolar estándar, sin considerar sus necesidades, intereses y
expectativas personales y sociales.
Por supuesto que es
este es un asunto derivado de las relaciones de poder que no solo aqueja al
Perú y Latinoamérica. Es un persistente problema
globalizado por el cual Philippe Perrenoud, opina que:
Aunque uno se preocupe
de la «formación del espíritu», prevalece la idea de que basta con tener una
relación intensa y fundamental con los saberes y los textos. (…) la escuela
nunca ha pretendido querer otra cosa (…) porque las rutinas didácticas y
pedagógicas, las divisiones disciplinarias, la segmentación de los cursos, el
peso de la evaluación y de la selección, las restricciones de la organización
escolar, la necesidad de hacer del trabajo del profesor y del alumno una rutina
han conducido a pedagogías y didácticas que, a veces, casi no contribuyen a
crear competencias, o solamente a crear aquellas necesarias para pasar los
exámenes...[1]
La práctica pedagógica,
del Perú dependiente, no está dirigida al desarrollo integral de los
estudiantes porque en la mayoría de casos se concentra en una rígida enseñanza
de la información de conocimientos disciplinares; y, porque le interesa muy
poco el ejercicio pleno de los derechos que tienen como personas y como
miembros activos de la sociedad. Todo está prescrito para moldear ciudadanos y
estudiantes estándares. Es el dominio de la oferta sobre la demanda educativa.
En consecuencia, los
niveles de logros del aprendizaje siempre caminan muy por debajo de las
expectativas nacionales. Las condiciones creadas por el sistema educativo en
las instituciones educativas no facilitan el poder aprender.
Todo intento de
innovación parcial o sesgada, por más interesante que parezca, solo ha servido
para sortear los obstáculos de los momentos políticos pero no para superarlos
históricamente.
Cualquier proceso de
reforma significativa es visto con sospecha. El sistema tradicional al advertir
sus riesgos produce anticuerpos y reajusta las políticas educativas, bajo el
pobre argumento de recuperar el tiempo perdido. Así sucedió con la reforma
educativa del 72, con las reformas escolares últimas y seguirá sucediendo si el
quehacer político no cambia por nuestra propia acción ciudadana.
Por esto es
indispensable liberarse de las ilusiones ajenas y reconocer que las
limitaciones del sistema educativo forman parte de una sociedad basada en el
elitismo y la exclusión social que camina de tumbo en tumbo.
El modelo escolar
guarda correspondencia con el modelo ideo-político-económico, lo cual explica
por qué se aspira a lograr una educación dirigida a construir una modernidad al
servicio del mercado y, en consecuencia, socialmente excluyente.
Esta es,
lamentablemente, una modernidad edificada por una cultura que ha encarnado una
herencia colonial que se expresa en el paternalismo del estado, el centralismo
político administrativo, en la concentración del poder en pocas manos, en una
gran cantidad de gente al margen de las decisiones y en las escalas más bajas
de las brechas sociales.
Como señalan diversos
estudiosos la colonización ha calado tan hondo que la cultura predominante
todavía sigue existiendo en nuestras cabezas como si fuésemos una colonia, pero
que paradójicamente padecemos del movimiento pendular entre el actuar unas
veces como colonizadores y otras como colonizados, según nuestra ubicación en
las diversas esferas de relaciones de poder.
Al respecto, de una
reciente lectura he recogido un párrafo de Damián Pachón Soto:
A los americanos les fue borrada su cultura y de
esta manera fueron colonizados intelectualmente. El colonialismo intelectual
enseña a despreciar lo propio y crea, como correlato, el fetichismo del
colonizador y su cultura. Esto es lo que las teorías decoloniales llaman
colonialidad del saber, la que aún pervive, por ejemplo, en la creencia de que
la única filosofía es la europea.”[2]
De acuerdo, la
naturaleza del currículo centrismo es generado por una cultura colonial del
saber al basar la enseñanza en los contenidos preestablecidos y prescritos de
las asignaturas. Conviene sí aclarar que los contenidos disciplinares en vez de
rechazo merecen ser mejor tratados, de modo significativo, si nos preocupamos
en utilizarlos integrados en el aprendizaje situado en realidades concretas de
los estudiantes.
Más aun cuando en la
actualidad la vieja colonización es refrescada por nuevas colonizaciones, a los
cuales se ha referido el Papa Francisco en su discurso realizado en Bolivia,
con motivo del encuentro de movimientos sociales que él auspició en Roma.
En efecto, la
colonización bajo la forma de ayudas militares, de “lucha” contra el
narcotráfico y la corrupción, así como, de globalización de la información a
través de medios de información interesada alienta la conservación del contexto
económico-político-social para conservar la cultura escolar actual.
Por eso es que hasta
ahora vivimos tiempos en los cuales, contra viento y marea, tenemos que
reconocer que la educación no es un espacio de vida neutro; por el contrario, es
uno de los espacios en el que se manifiestan relaciones de poder en condiciones de desigualdad, a manera de
reflejo y retroalimentación de lo que sucede en el conjunto de la sociedad.
La educación es un
territorio en disputa en una sociedad en disputa entre los que definen las
políticas y los que se resisten a ella de manera consciente. Desde hace años,
con distintas posiciones ideológicas, los teóricos del poder nos han venido
informando de sus importantes reflexiones acerca de la antigua costumbre de asumir
que los poderes políticos y económicos le son propios a élites que, de manera
transitoria o duradera, se turnan para hacerse cargo de las instituciones del
Estado.
Por esta razón las
actuales relaciones de poder expresan los prejuicios dirigidos a no reconocer a
plenitud el valor de la condición humana y los derechos de todas las personas.
Para esta mirada
conservadora el poder es ajeno a la gente común debido a que se considera que
esta no tiene la capacidad de comprender los amplios y profundos argumentos
políticos y económicos, así como los específicos argumentos
técnico-educacionales, por lo que solo se le asigna la posibilidad de acatar
normas inadecuadas de modo pasivo.
Las élites
política-económicas tienen en sus manos las megas trayectorias de la sociedad
en su conjunto y, en nuestro caso, la élite de funcionarios de la educación
tiene el encargo de conservar y alimentar el modelo escolar vigente en el marco
establecido por las trayectorias del modelo económico predominante. No es
casual que al poder establecido le convenga tener como ministro de educación a
un economista antes que a un educador.
Pero también sabemos
que el poder que ata no existe solo. Uno de los teóricos del poder es Foucault
que señala la existencia en la sociedad de múltiples y abundantes relaciones de poder que se apoyan o cuestionan unas a otras en la
dinámica social. Los educadores y estudiantes somos parte de las relaciones en
las que por un lado se encuentra el
poder que ata y por otro lado el poder maniatado.
Para desplegar el Poder
de Aprender los educadores y estudiantes tenemos que desatar el poder que ata
el aprendizaje y la enseñanza, el valor de la unidad de las ciencias y
humanidades, las experiencias y saberes propios, el desarrollo personal y
ciudadano en base a la acción integral, pertinente y sostenible a partir del
ejercicio de la autonomía y solidaridad, etcétera.
Manuel Medardo Martínez
Mendoza
Pachacamac, Julio 2015
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[1] PERRENOUD, Philippe, Construir
competencias desde la escuela, J.C.Sáez Editor, reimpreso en Santiago de Chile,
2008, por Comunicaciones y Ediciones Noreste Ltda.
[2] Escrito en “Las
teorías decoloniales de América Latina”,
de Le Monde diplomatique, Edición Colombia de Junio 2015
1 comentario:
Este es de harto conocimiento por todos y continuará así, con la famosa "meritocracia" (validando los conocimientos teóricos de los docentes más que el buen desempeño en el campo) y la pobre remuneración de docentes frente a la gran ganancia de los ministros y la inmensa burocracia.
Paulina
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