1 de octubre de 2020

El mejoramiento de la calidad existe en nosotros


 

El mejoramiento de la calidad existe en nosotros

 

La calidad existe en nosotros de igual forma como existe el aire, el sol, la sonrisa de los niños. Y no solo existe ahora, sino que ha existido siempre como un elemento consustancial a nuestro deseo de progreso y de humanización.

El problema es que todavía no tenemos muy presente, en el día a día, mejorar la calidad de nuestro diario consumo y producción y, por consiguiente, desarrollar nuestra conciencia social, como parte importante de nuestra cultura. No existe como un componente cultural masivo, constante y dinámico. La calidad no es aún una herramienta en el aprendizaje para el cambio y construcción de justicia y bienestar social.

Por eso, cuando vemos los mantos de Paracas, las arquitecturas pre-incas y, en general toda la obra humana de otros tiempos, también debemos ver la calidad expresada en el diseño, en los insumos, en el sentimiento particular de los hacedores de mejores modos de vida, en la satisfacción de los que utilizaron tan portentosas obras.

Del mismo modo, ahora cuando un profesor prepara su intervención como mediador entre los estudiante y el objeto de estudio en sus sesiones de aprendizaje dentro y fuera de la escuela; prepara sus materiales educativos, busca fuentes de información que faciliten el aprendizaje, hace de la interacción con ellos un espacio agradable y, con ternura suficiente, logra que la clase sea un encuentro deseable entre personas que construyen en cooperación nuevos conocimientos para utilizarlos en la vida diaria, también podemos decir que allí está la calidad presente, recreándose.

Pero lo que sucede con mayor frecuencia de la que se sospecha es que nuestra valoración de lo propio es insuficiente y estamos acostumbrados a creer que lo bueno siempre viene de fuera a llenar nuestras carencias. Algunos pensadores asignan esta actitud a la dependencia y enajenación social. Por eso, la persona considerada culta, el técnico o experto en alguna materia, para ser tal, tiene que haber leído lo último de la literatura especializada o haber navegado, sin barco, por los confines del mundo en busca de la piedra filosofal que nos aproxime a la vida ansiada. Esa visión de las cosas también existe como una piedra pesada, sobre todo cuando vemos la corrupción como el contrasentido del aprendizaje, pero en vez de apreciar lo que nos llega como lo  mejor, lo moderno, lo globalizado, lo paradigmático, lo inevitable, debemos enjuiciarla severamente porque hasta el momento solo nos ha servido para cambiar un poco sin cambiar nada y hacer de la calidad una vulgar mercancía y una herramienta de poder de unos sobre otros.

Aún no somos conscientes de lo que tenemos y de lo que podemos ser, porque otros leen por nosotros  y, en vez de priorizar la lectura de nuestra realidad, preferimos la lectura de lo escrito por  buenas personas que no conocemos y que nos ofrecen sus puntos de vista, que negamos en la práctica, con el pedestre estilo de copiarlo y repetirlo como una muletilla o un dije de oro que hemos comprado en la joyería distante de nuestras casas y de nuestras vidas.

Debemos re-mirar nuestra realidad más cercana para reconocernos y ser conscientes de que la calidad existe en la vida cotidiana, con diferentes niveles y formas de expresarse que van más allá de lo tangible y que incluyendo la belleza, el sentido ético y la postulación hacia la trascendencia humana, escapa a todo intento de medición con los llamados estándares internacionales de calidad que nos ofrece un mundo de “excelencia”, sin tocar para nada las llagas de la sociedad en la que viven la mayoría de personas, sobre todo en los países del tercer mundo en los cuales sus gobernantes aspiran a ser “competitivos” y lograr que el mercado ajeno nos abra las puertas y nos dé un puestecito ambulatorio aunque sea en uno de los pasadizos.

El ansia por el mejoramiento continuo de la calidad, sin duda, debe ser una bandera propia que, en el zafacasa hecho por una minka social, logre que el mueble de José el carpintero sea disfrutado por familias que vivan en condiciones sociales de bienestar; que el aprendizaje de todos, dentro y fuera de la escuela sea consciente de que la calidad podrá mejorarse al máximo en el marco de la calidad que debe poseer una sociedad en permanente búsqueda de la felicidad.

Si la calidad existe, entonces, el camino dedicado a ella debe servir para apreciarla y mejorarla cada día, en cada lugar. Es necesario universalizarnos a partir de nuestra particularidad cultural y condiciones de vida y no al revés como sucede cuando asumimos la calidad que nos llega como mercancía importada, con arancel cero.

 

Manuel Martínez Mendoza

Diciembre 2003

 Imágenes Google: Uwe Carlson, Tejido Paracas

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