Aprendemos
por experiencia propia que todo cambia, que nada es inmutable, aún cuando el
cambio, en tiempo y espacio específico, sea aceptado o rechazado después de la batalla
entre paradigmas y actitudes, como dos caras de una medalla.
La
verdad enarbolada durante algún período pasa a ser removida por otra nueva o
renovada verdad, produciéndose el cambio. Así sucede, por ejemplo, con las
verdades que va creando el conocimiento a lo largo de su interminable
metamorfosis.
Fugaz
y etérea es la verdad y, también, la incertidumbre y los retos que traen
consigo la creación de nuevas verdades. El
gozo de vivir realmente aconsejado por la verdad es pasajero. Es apenas un
eslabón de una cadena sin fin de cambios que se van sustituyendo, unos a otros.
Solo en cuestiones de fe religiosa, a modo de excepción, la verdad es un dogma
eterno.
A
lo largo de la existencia de la especie humana hemos vivido produciendo cambios
en armonía con nuestras creencias y actuaciones, contando con el miedo como el
mecanismo fundamental de la sobrevivencia.
Es
por eso que a estas alturas, principalmente, en escenarios académicos se habla de
cambio de paradigmas sin sustos mayores, más aún si se considera que el cambio
es una forma de hacer justicia, después de comprender que el paradigma que se quiere cambiar ya
cumplió, adecuada, limitada o equivocadamente, con su ciclo de vida y debe ser
reemplazado por otro, construido sobre las cenizas de sus antepasados, para beneficio
de la gente y de la naturaleza,
En
la actualidad, los paradigmas son definidos como un paso más del conocimiento,
reconocido “universalmente”, que nos permite atender mejor los problemas y
soluciones durante un período de tiempo.
Además,
considerando la naturaleza del poder en nuestras sociedades, algunos precisan
que los paradigmas son “pensamientos de grupo”. En efecto, visto desde el
ángulo específico de las relaciones sociales, el paradigma es asumido como
verdad por el mundo académico y otras elites y, sobre esa base se mueven los
estados, las instituciones formales y el mercado.
El resto de la población,
organizada o no organizada, asume el nacimiento, vida y muerte de los
paradigmas, casi de modo religioso, por que “lo dicen las autoridades y los que
han estudiado”.
Paradigmas a la espera
Los
educadores solemos discutir los paradigmas que fundamentan el cambio, teniendo como
base nuestras opiniones sobre los paradigmas existentes. Luego de comprenderlos
los aceptamos o cuestionamos en función de múltiples referentes culturales.
Por
ejemplo, aceptamos el cambio sí reconoce el valor del aprendizaje y el
beneficio que traen consigo para estudiantes y educadores; así como del
mejoramiento de las condiciones de vida de sus familias, comunidad y país. De
esto modo se asume que se aprende para vivir mejor, con bienestar y justicia, y
que aprender por aprender, en “piloto automático” no es suficiente, ni es
significativo.
En
ese marco -como se acostumbra decir-, tenemos la necesidad de situarnos en el
terreno de los hechos concretos: Sabemos que cada gobierno define la
trayectoria que desea otorgar al sistema educativo.
En
un periodo anterior de gobierno la trayectoria estuvo definida por el lema “Educación
para la vida”. Ahora se dice “Cambiemos la educación, cambiemos todos”, acompañado
por otro lema referido a la “Movilización por el aprendizaje”.
Sin
duda estos lemas utilizados con el afán de socializar el sentido de lo que se
quiere hacer han tenido y tendrán, respectivamente, diferentes “suertes”. Depende
del cristal con se mire, pero las estadísticas actuales nos muestran realidades
educativas que piden el auxilio de prácticas adecuadas que materialicen los
lemas.
De actitudes comprometidas
Por
eso, por experiencia vivida, hoy no podemos mirar al costado para disimular o evitar
percatarnos que es inevitable abordar las brechas en el cuerpo de la gestión
del sistema educativo debido a que los lemas actuales son asumidos o rechazados
en el desempeño cotidiano por funcionarios y educadores de todos los niveles.
Algunos
piensan, desde su propio confort, que lo acostumbrado solo requiere de algunos
ajustes en algún componente y, por consiguiente, esperar que los nuevos
paradigmas se hagan realidad en las calendas griegas.
Otros
consideran que es indispensable el cambio gradual y justo del status quo para
salir, cuanto antes, de una educación ensimismada en sus propios laberintos y produciendo
una educación de baja calidad que no cumple sus finalidades.
Comparto
lo que escuché a Luis Guerrero, asesor del despacho ministerial, sobre la necesidad de alimentar el cambio de
todos los componentes del sistema educativo, porque cualquier innovación en
solo alguno de los componentes, además de insuficiente, será revertido por
los aspectos tradicionales no tocados.
En
la EBA, en particular, actualmente bajo un liderazgo nacional alejado de todo
intento de movilización real, la actitud frente al cambio se expresa mediante un quietismo que se viste
de rutinario activismo “innovador”, manteniendo así una educación básica
alternativa sin poder hacer honor a su nombre, ni como básica, ni como
alternativa.
En
el otro lado, a través del descontento multi-factorial, principalmente de los
educadores, existe siempre encendida la chispa de cambio. Pero falta tomar
conciencia que el cambio no es un regalo y menos un mandato, sino el producto
de una construcción colectiva con sentido histórico y social.
Ahora
necesitamos un cambio que involucre y conmueva al país como consecuencia de
actitudes favorables a dicho cambio. Eso solo se podrá lograr si asumimos la
movilización por el aprendizaje como un proceso que tiene su núcleo duro en el
quehacer de estudiantes y educadores, en reemplazo del burocratismo del núcleo duro
de un poder central, auto limitado por conducta, mente y sentimiento que hoy no
tiene la fuerza necesaria para impulsar una genuina movilización por el
aprendizaje. El "patito feo" del sistema educativo se mantiene así por falta
de impulso vital en su liderazgo.
La
actitud de vocación centralista y vertical, con cero de empatía, anula todo
intento de movilización. El cambio podrá materializarse solo como un acto voluntario, que asegure la motivación interna de los educadores, en su largo proceso de construirse como educadores alternativos. Los nuevos
paradigmas reclaman cambios de actitud de cada educador para desarrollar su
individualidad sobre la base del
reconocimiento de su sentido de pertenencia al colectivo de educadores, cuya
autonomía no necesita de una ley.
Se
requiere un cambio autogenerado que convierta el descontento en acciones con
horizonte claro y compartido, sin egoísmos. Por eso la movilización tiene que
ser organizada y participativa. Sin estos dos componentes no puede haber
movilización por el aprendizaje.
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