13 de mayo de 2013

Paradigmas y Actitudes, dos caras del Cambio





Manuel Martínez Mendoza

Aprendemos por experiencia propia que todo cambia, que nada es inmutable, aún cuando el cambio, en tiempo y espacio específico, sea aceptado o rechazado después de la batalla entre paradigmas y actitudes, como dos caras de una medalla.

La verdad enarbolada durante algún período pasa a ser removida por otra nueva o renovada verdad, produciéndose el cambio. Así sucede, por ejemplo, con las verdades que va creando el conocimiento a lo largo de su interminable metamorfosis.

Fugaz y etérea es la verdad y, también, la incertidumbre y los retos que traen consigo la creación de nuevas verdades. El gozo de vivir realmente aconsejado por la verdad es pasajero. Es apenas un eslabón de una cadena sin fin de cambios que se van sustituyendo, unos a otros. Solo en cuestiones de fe religiosa, a modo de excepción, la verdad es un dogma eterno.


A lo largo de la existencia de la especie humana hemos vivido produciendo cambios en armonía con nuestras creencias y actuaciones, contando con el miedo como el mecanismo fundamental de la sobrevivencia.

Es por eso que a estas alturas, principalmente, en escenarios académicos se habla de cambio de paradigmas sin sustos mayores, más aún si se considera que el cambio es una forma de hacer justicia, después de comprender  que el paradigma que se quiere cambiar ya cumplió, adecuada, limitada o equivocadamente, con su ciclo de vida y debe ser reemplazado por otro, construido sobre las cenizas de sus antepasados, para beneficio de la gente y de la naturaleza,

En la actualidad, los paradigmas son definidos como un paso más del conocimiento, reconocido “universalmente”, que nos permite atender mejor los problemas y soluciones durante un período de tiempo.

Además, considerando la naturaleza del poder en nuestras sociedades, algunos precisan que los paradigmas son “pensamientos de grupo”. En efecto, visto desde el ángulo específico de las relaciones sociales, el paradigma es asumido como verdad por el mundo académico y otras elites y, sobre esa base se mueven los estados, las instituciones formales y el mercado.

El resto de la población, organizada o no organizada, asume el nacimiento, vida y muerte de los paradigmas, casi de modo religioso, por que “lo dicen las autoridades y los que han estudiado”.

Paradigmas a la espera

Los educadores solemos discutir los paradigmas que fundamentan el cambio, teniendo como base nuestras opiniones sobre los paradigmas existentes. Luego de comprenderlos los aceptamos o cuestionamos en función de múltiples referentes culturales.

Por ejemplo, aceptamos el cambio sí reconoce el valor del aprendizaje y el beneficio que traen consigo para estudiantes y educadores; así como del mejoramiento de las condiciones de vida de sus familias, comunidad y país. De esto modo se asume que se aprende para vivir mejor, con bienestar y justicia, y que aprender por aprender, en “piloto automático” no es suficiente, ni es significativo.

En ese marco -como se acostumbra decir-, tenemos la necesidad de situarnos en el terreno de los hechos concretos: Sabemos que cada gobierno define la trayectoria que desea otorgar al sistema educativo.

En un periodo anterior de gobierno la trayectoria estuvo definida por el lema “Educación para la vida”. Ahora se dice “Cambiemos la educación, cambiemos todos”, acompañado por otro lema referido a la “Movilización por el aprendizaje”.

Sin duda estos lemas utilizados con el afán de socializar el sentido de lo que se quiere hacer han tenido y tendrán, respectivamente, diferentes “suertes”. Depende del cristal con se mire, pero las estadísticas actuales nos muestran realidades educativas que piden el auxilio de prácticas adecuadas que materialicen los lemas.

De actitudes comprometidas

Por eso, por experiencia vivida, hoy no podemos mirar al costado para disimular o evitar percatarnos que es inevitable abordar las brechas en el cuerpo de la gestión del sistema educativo debido a que los lemas actuales son asumidos o rechazados en el desempeño cotidiano por funcionarios y educadores de todos los niveles.

Algunos piensan, desde su propio confort, que lo acostumbrado solo requiere de algunos ajustes en algún componente y, por consiguiente, esperar que los nuevos paradigmas se hagan realidad en las calendas griegas.

Otros consideran que es indispensable el cambio gradual y justo del status quo para salir, cuanto antes, de una educación ensimismada en sus propios laberintos y produciendo una educación de baja calidad que no cumple sus finalidades.

Comparto lo que escuché a Luis Guerrero, asesor del despacho ministerial, sobre la necesidad de alimentar el cambio de todos los componentes del sistema educativo, porque cualquier innovación en solo alguno de los componentes, además de insuficiente, será revertido por los aspectos tradicionales no tocados.

En la EBA, en particular, actualmente bajo un liderazgo nacional alejado de todo intento de movilización real, la actitud frente al cambio  se expresa mediante un quietismo que se viste de rutinario activismo “innovador”, manteniendo así una educación básica alternativa sin poder hacer honor a su nombre, ni como básica, ni como alternativa.

En el otro lado, a través del descontento multi-factorial, principalmente de los educadores, existe siempre encendida la chispa de cambio. Pero falta tomar conciencia que el cambio no es un regalo y menos un mandato, sino el producto de una construcción colectiva con sentido histórico y social.

Ahora necesitamos un cambio que involucre y conmueva al país como consecuencia de actitudes favorables a dicho cambio. Eso solo se podrá lograr si asumimos la movilización por el aprendizaje como un proceso que tiene su núcleo duro en el quehacer de estudiantes y educadores, en reemplazo del burocratismo del núcleo duro de un poder central, auto limitado por conducta, mente y sentimiento que hoy no tiene la fuerza necesaria para impulsar una genuina movilización por el aprendizaje. El "patito feo" del sistema educativo se mantiene así por falta de impulso vital en su liderazgo.


La actitud de vocación centralista y vertical, con cero de empatía, anula todo intento de movilización. El cambio podrá materializarse solo como un acto voluntario, que asegure la motivación interna de los educadores, en su largo proceso de construirse como educadores alternativos. Los nuevos paradigmas reclaman cambios de actitud de cada educador para desarrollar su individualidad sobre la base  del reconocimiento de su sentido de pertenencia al colectivo de educadores, cuya autonomía no necesita de una ley.

Se requiere un cambio autogenerado que convierta el descontento en acciones con horizonte claro y compartido, sin egoísmos. Por eso la movilización tiene que ser organizada y participativa. Sin estos dos componentes no puede haber movilización por el aprendizaje.


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