Hagamos alternativa
a la educación básica
alternativa
Por lo menos
de palabra, la llamada opinión pública del Perú, comparte la idea de considerar
a la educación como el factor más importarte del desarrollo de las personas y
de las sociedades.
Sí, pero no…
Sin embargo,
la importancia del valor fundamental de la inclusión educativa-social no es
compartida a pesar de estar implícita en el consenso mencionado, debido a que en
la valoración de la condición humana y de las diversidades culturales no
existen acuerdos sociales que permitan compromisos para poner en marcha una “educación
para todos”, “a lo largo de toda la vida”, como suele decir UNESCO al mundo,
desde hace años.
Los heterogéneos
puntos de vista están determinados, principalmente, por una estructura de poder
jerarquizado, de clases, de las que muy poco se desea hablar actualmente,
cuando se reflexiona acerca del sentido supremo de la educación y del cómo,
quienes, cuando, donde y con cuanto debe realizarse.
Los poderes establecidos
y sus operadores políticos-económicos-mediáticos aprovechan la facilidad que
tienen para movilizarse en defensa de sus intereses, cada vez que se habla de
inclusión, porque sienten que sus concepciones y expectativas corren el riesgo
de afectarse con cambios orientados para
todos.
El antropólogo
peruano, Rodrigo Montoya, interpretando el pensamiento de nuestra cultura de
poder, dijo
en un reciente artículo periodístico[1] que “…el principio de la inclusión en boga (…) podría ser el siguiente:
para ser aceptados (incluidos) los indígenas, los afro descendientes y todos
los diferentes, tienen que renunciar a gran parte de sus propias culturas,
guardar algunos rasgos que gustan y adoptar normas, conductas y gustos de
quienes los incluyen. ¿No está la colonialidad del poder detrás de este
principio de acción?
Por eso no
es rara en el escenario nacional esa actitud de reversa resistiendo todo
intento de cambio fundamental, poniendo pocas ganas y dinero en mejorar, sobre
todo, la educación pública.
La costumbre
del fácil compromiso verbal en función de modelos importados y promisorios,
principalmente en los discursos oficiales de gobiernos frágiles, es acompañada
por la costumbre del incumplimiento y la reafirmación, en la práctica, de los existentes
modelos económicos, sociales y culturales, a pesar que estos generan y
mantienen contradicciones, conflictos y brechas.
Por supuesto
que todos estos poderes también creen en cambios, siempre y cuando estos sean a
su imagen y semejanza. En lo básico consideran que los cambios suponen ajustes puntuales
e independientes, un poco por aquí, un poco por allá, pero sin alterar la
esencia enseñante normativa de una cultura escolar basada en el asistencialismo
pedagógico.
Frente a tal
verdad, solo se auspician avances vegetativos, entre trancas y barrancas, con
olas de innovaciones que llegan a las arenas de playa con espumas de corta
vida.
En otro lado,
las posiciones alternativas a esta cultura de poder, suelen socializar sus discrepancias
ideológicas pero, en muchos casos, paradójicamente se emula el realismo de la
política, mediante usos comunes de criterios, procedimientos y herramientas de
moda del pragmatismo escolar y, por eso, de “acuerdo” todos, se sigue con lo
mismo.
Sí, pero no… en la EBA
Con este
ambiente, de vorágine generalizada, en la EBA prospera la práctica de “gestionar
la crisis”, en el marco de una tendencia privatizadora nacional que ofrece
mayores facilidades a los estudiantes, así como, certificados rápidos. En paralelo y en el marco de
una tendencia de abandono pedagógico e institucional, en los CEBA se ve
reflejada en una tendencia de disminución de la matrícula, a pesar que desde el
inicio de la modalidad solo se ha atendido a menos del 2% de la demanda
potencial de jóvenes y adultos.
Con estas
tendencias en movimiento, contrariamente a las necesidades de aprendizajes de
los adultos, se reafirma el modelo de escuela organizada básicamente para la entrega
dosificada de contenidos distantes de la cotidianeidad, que no logra
materializar una educación integral, significativa y pertinente; porque lo que
se hace va de la mano con el modelo de sociedad que reproduce el exitismo
propio del individualismo egoísta y, con él, se mantienen las brechas sociales.
El currículo
flotante y único, con un número
exagerado e inmanejable de competencias; copias modificadas de textos físicos y
virtuales, con créditos nuevos; anuncios ilusorios de herramientas de última
generación, para un uso reducido; punitivas mediciones y evaluaciones centradas
en un rendimiento escolar aislado de lo que sucede en el diario vivir; se hacen
cada vez más evidentes en la educación pública y comercial.
Absurdamente,
de tanto estar en un rutinario ambiente social, con un orden desequilibrado,
nos hemos acostumbrado, cómo “vasija feliz”, a creer que estos fenómenos
educativo-sociales son inmutables y que tienen un valor real superior al valor
que el sistema educativo y la sociedad reconocen en los educadores.
Aún no aprendemos
que el arte de educar es el modo más adecuado de promover transformaciones. “Si el artista no perfecciona una nueva visión en su proceso creativo, actúa de manera
mecánica, repitiendo algún viejo modelo impreso en su mente como los planos de
la construcción”, dijo John Dewey, en el Arte como experiencia.
En ese
sentido, sabemos que para mirar la realidad de la EBA de manera abierta y
crítica no es necesaria ninguna fórmula matemática para llegar a L.Q.Q.D. Esto
hace evidente que no basta la presencia ocasional de algunas autoridades
ministeriales, que sienten el compromiso de cambiar la educación, principalmente
de la EBR, pero que no pueden asegurar una dinámica continua de cambios
necesarios y progresivos.
Cambiar el poder
Cambiar la
educación, en particular la EBA, exige cambiar las relaciones de poder que
obstaculizan los cambios, porque de no hacerlo se mantienen ideologías y
políticas cuestionadas por su responsabilidad en el atraso de la educación y “gestionadas”
desde el lado práctico y realista del burocratismo centralista y vertical, con
sus diversas formas de corrupción.
La historia
nos permite ver la pérdida constante de intenciones de cambio en los espacios nacional,
regional, local e institución educativa. En el siglo pasado, la experiencia de
los núcleos educativos en el sur del país y la reforma educativa del 72 son
claros ejemplos de la inútil disipación de los cambios.
En el
presente, la renovación de la educación de adultos a partir de la creación de
la EBA no se ha producido debido a que se ha preferido seguir con la herencia
de la cultura escolar preexistente y caminar bajo la sombra de la EBR, tratando
a los adultos como niños.
Por eso no
se inserta en la EBA la propuesta de “Cambiemos la educación, cambiemos todos”
hechas por el pequeño equipo de dirección del MED. La movilización por el
aprendizaje, el marco curricular nacional orientado a promover currículos
regionales y locales, la gestión descentralizada y compartida, la reforma de la
escuela, etc., son nuevos aires que no han impactado en el quehacer de la
educación básica alternativa.
Sin embargo,
es posible que en el juego de las relaciones de poder, el lema “Cambiemos la educación…”
haya alcanzado una relativa resonancia en círculos de especialistas de la
educación de adultos, dentro y fuera del ministerio, en los cuales existen
compromisos antiguos y vigentes por cambiar la educación y la sociedad; aun cuando
por prudencia se evita opinar públicamente con mayor
trascendencia ideológica, para evitar caer en opiniones “políticamente
incorrectas”.
Es que las
relaciones de poder se amplía con los medios de comunicación, mediante escándalos
de todo tipo y climas de violencia social y mediática, en los cuales los
líderes políticos y económicos responden en piloto automático solo para
referirse a la educación en general, olvidando que existe la EBA.
Internamente,
en todos los niveles de la EBA, a su vez, la respuesta adquiere la forma de
mudez y de aceptaciones pasajeras de parte de grupos burocráticos interesados solo
en mantener sus puestos, por mezquindades, incomprensión de los roles que
asumen y por carencia de empatía social.
Mientras
tanto, la población mayoritaria, que incluye a directores, educadores y
estudiantes, construidos desde arriba, como objeto e instrumento, en el último
escalón de las relaciones de poder, recibe lo que se les ofrece e, incluso,
tienen como referentes a las ofertas mercantiles de la educación, manteniendo
la esperanza que algún día las cosas cambiarán, aun cuando no se sepa en qué y
cómo.
Esa
paciencia fomentada por la vieja cultura de poder hace que todavía no entendamos
que cambiar la educación es un desafío propio, no delegable, orientado a
cambiar gradualmente las relaciones de poder en la EBA, en el sistema educativo
y en la sociedad, como educadores construyendo socialmente una relación
adecuada con los adultos que estudian y sus vidas cotidianas y con la gran
mayoría de ciudadanos en ejercicio de sus derechos.
Una vez más,…y
teniendo en cuenta la coyuntura política por la que estamos atravesando en
noviembre del 2013, deberíamos tener en cuenta lo que dice Galeano: “Todo se hace desde abajo, salvo los pozos que
se hacen desde arriba”
[1] “Magaly Solier: Racismo, inclusión y moda étnica”, Rodrigo Montoya,
Domingo 13 Octubre 2013, Diario La primera.
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