| ...los adultos tienen vida |
Hace
años, la experiencia de trabajo en comunidades altas de la sierra central,
junto a otros jóvenes profesionales del agro, me hizo tomar conciencia de la
necesidad de seguir aprendiendo de una realidad que no conocía suficientemente
y que, con la mejor de nuestras voluntades, queríamos ayudar a cambiar de modo
equivocado, mediante el traslado mecánico a la mente de los campesinos de fuertes dosis de información de tecnología
agropecuaria no apropiada.
La
imposición cultural que producíamos fue contraproducente con nuestra intención agro-educativa
y social, por lo que tuvimos que aprender en nuestra vida laboral, más allá de
las posibilidades curriculares, a establecer un diálogo cultural que permita, tanto
a ellos como a nosotros:
Primero,
aprender o reaprender juntos a identificar problemas en las valiosas costumbres de cultivos y crianzas en el contexto de las diversas situaciones de vida
Segundo,
aprender o re aprender a imaginar un escenario futuro
deseable, posible y a construir, a partir de la solución de los problemas identificados por ellos mismos
Tercero,
aprender o re aprender a resolver los problemas
identificados utilizando la información científica, humanística y tecnológica apropiada a las condiciones reales de la comunidad y de las instituciones
regionales, seleccionada del bagaje tecnológico mundial a la que se tenía
acceso.
La
experiencia propia y de otros en el campo de la educación, con aciertos y
errores, me han llevado a comprender que esta idea central tiene como
requisitos el reconocimiento del valor humano y el protagonismo de personas que
aprenden juntas, en una relación democrática, a resolver problemas que afectan
las vidas de los estudiantes y, en particular, las nuestras al mejorar nuestras prácticas educativas.
En
la década pasada, con motivo de una consultoría en la Organización de Estados
Iberoamericanos OEI, en apoyo al Ministerio de Educación, sobre la base de esa
idea tuve la ocasión de formular una propuesta
de Formación Inicial de Educadores de Educación Básica Alternativa que hasta
ahora duerme el sueño de los justos, en un anaquel de la DIGEBA, y que encontré
de casualidad en uno de los días finales de mi corta presencia como director de
programas
En
el documento señalaba, en armonía con esa idea primigenia, que “La persona es concebida como individuo y
ser social, por lo cual, el grupo de estudiantes, la institución educativa, las
familias, el centro de trabajo, la comunidad, la cultura específica constituyen
aspectos de la centralidad que el currículo debe tener en cuenta.
Las múltiples vivencias
de la persona en dichas situaciones y espacios de vida también son aspectos de
su centralidad. La vivencia es la
experimentación de algo y de su contenido[1], por
eso, las vivencias cotidianas al nutrirse de las vivencias o situaciones de
aprendizaje organizadas en procesos de desarrollo individual-grupal, se
convierten en el continente de los objetivos, contenidos y metodología de la
enseñanza - aprendizaje.
La vivenciación
educativa resulta así en el más activo ejercicio del reconocimiento de la
centralidad al ubicar a los estudiantes en situaciones reales de desarrollo, en
las cuales deciden y utilizan sus potencialidades, tanto en la comprensión de
su realidad, como en la acción orientada a transformarla en lo que considere
necesario.
La enseñanza aprendizaje,
encarnada en procesos de desarrollo de la vida cotidiana, exige aprender en
todo momento, de manera abierta a las contingencias, y traducir lo aprendido en
desempeños personales, familiares, laborales y sociales, además de sentar las
bases de la construcción de una sociedad educadora.”
En
consecuencia, “es imprescindible tener en
cuenta los enfoques sociopolíticos
actuales que proponen relaciones
horizontales de poder en la toma de decisiones, en el acto de aprender
desde la vida y la realidad. Las prácticas educativas necesitan ser sensibles a
las tendencias nacionales de descentralización político administrativa,
desconcentración de funciones en favor de la autonomía de las instituciones,
del aprendizaje y del desarrollo de la sostenibilidad como resultado del
fortalecimiento de capacidades locales[2]”
Por
esta razón, como producto de esa trayectoria de reflexiones, en la DIGEBA quise
promover una reflexión sincera en un
espacio que, equivocadamente, creí abierto a la discusión en este período.
Los
escritos que pretendían motivar el debate interno argumentan el porqué en la propuesta de programación
curricular que realicé durante mi gestión, se debe tener como primer punto de
quiebre a las situaciones de vida de los estudiantes como inicio de sus
múltiples trayectorias de aprendizaje.
Uno
de los escritos motivadores que utilicé para dar una respuesta educada a la
preocupación de algunos especialistas fue el que a continuación presento:
¡Eureka¡…
los estudiantes tienen vida
(7 de Febrero 2012)
Todas
las personas experimentamos, a lo largo de nuestra existencia, un sinfín de específicas situaciones de vida
que hacen visible las condiciones o estados en las cuales vivimos.
Las
personas que constituyen la demanda de la EBA, como todas, tienen situaciones
de vida familiar, laboral y en otros espacios de la comunidad, pero sus condiciones o estados de pobreza,
son producto de la exclusión social.
Los
estudiantes en esas condiciones tienen una vida cargada de problemas por resolver
que
exigen respuestas resilientes. En muchos casos, sus capacidades actuales,
resistiendo los factores sociales y económicos que frenan su desarrollo
personal y de los suyos, les permiten decidir y actuar para sobrellevar sus
difíciles condiciones de vida. En pocos casos, logran implementar procesos de
movilidad social ascendente que les permiten salir del estado en que se
encuentran.
Al
decidir y actuar en cumplimiento de sus roles -de padre, trabajador, vecino,
dirigente, etc.- en cada situación de vida, el estudiante, pone en juego su
forma de pensar, de sentir y de hacer, movilizando su bagaje cultural. Su
trayectoria de vida es de una lucha constante y activa, de protagonismo, que le
exige interpretar y tomar conciencia para resolver problemas y superar sus
condiciones de vida actual.
Por
eso el estudiante, en su particular dinámica social, en ningún momento es una
persona abstracta y, menos, un objeto. Es parte de una compleja realidad en la
que, como individuo concreto, interactúa con otras personas y con la
naturaleza, convirtiéndose en hacedor, en individuo social, en una síntesis
cultural.
En
las situaciones de vida, como en una fuente, los problemas permiten visualizar
sus necesidades, intereses y
expectativas que lo motivan a decidir y
a actuar dando valor de uso a sus competencias.
Allí están expuestas y vivas las demandas de desarrollo humano que la
educación formal debería de atender.
Con
la indispensable empatía los educadores debemos acompañar a los estudiantes a priorizar
aquellas situaciones en las cuales ellos deciden y actúan con fuertes
repercusiones en sus espacios de vida familiar, laboral y en los múltiples
espacios de la comunidad a la que pertenece. Es el modo fáctico de brindarle
oportunidades de lograr que sus aprendizajes formales estén centrados en él y
así lograr que las situaciones de vida
cambien sus condiciones actuales mediante situaciones de aprendizaje.
Los
diseños curriculares, que constituyen una propuesta nacional o regional, por
cierto, tienen que adecuarse a dicha realidad de modo que la acción educativa
sea una respuesta a las necesidades, intereses y expectativas de todos los
estudiantes sin exclusión.
En
esta adecuación que se hará en función de situaciones reales de la
vida del estudiante, las particularidades culturales forman parte del ejercicio
educativo, sin necesidad de ejes transversales. De igual modo, la acción
investigativa vinculada al aprendizaje y la toma de conciencia de su realidad y
de los emprendimientos destinados a transformarla en beneficio propio y de los
suyos, se configura como su proyecto de vida, en su reposicionamiento como
padre, trabajador y ciudadano.
La
demanda educativa busca respuestas
concretas al margen de las resistencias de una cultura arraigada en el
paternalismo y de lo que demore su extinción. Por eso el “debe ser” de la
oferta educativa diseñada por especialistas, debe convertirse en el “debe ser”
pensado y decidido por el estudiante. En ese valor democrático subyace el
respeto a la persona y su condición humana.
[1] Diccionario de la
Lengua Española, Vigésima segunda edición, Real Academia española, 2001
[2] Diego Palma, de CEAL,
afirma que “en lo fundamental el desarrollo local no se refiere al crecimiento
de las cosas, sino al florecimiento de las personas” “La Educación, el
desarrollo local y la economía popular” en Construyendo la modernidad educativa
en América Latina, Nuevos desarrollos curriculares en la educación de personas
jóvenes y adultas, Lima 1996, Jorge Osorio y Rivero José (coordinadores), UNESCO,
CEAAL, TAREA

No hay comentarios:
Publicar un comentario