“Que el privilegio no te nuble la empatía”
De compras, esperaba en
la fila del puesto de una casera en el mercado del barrio y aprovechaba el
tiempo para pensar en el contenido de este artículo. Una señora compraba
sus abarrotes y verduras y cuando la
casera le dijo cuanto costaba todo, la compradora se vio en notorios aprietos y
lentamente comenzó a devolver algunos productos y con timidez le preguntaba a la
casera cuanto era el costo de lo que le quedaba en la bolsa. La casera, en
silencio, tomó su lapicero y su pequeño tablero con papeles e hizo operaciones sin calculadora. Al
terminar, con cara de sorpresa, pidió disculpas a la compradora y le dijo que
se había equivocado en la suma y que todavía quedaba un vuelto. Volvió a la
bolsa lo había sido devuelto Metió la mano en el bolsillo del mandil y sacó un
puñado de monedas que devolvió a la compradora y le agradeció por sus compras,
entregando, a su vez, una yapa de yerbas aromáticas. Todos se quedaron
sorprendidos y murmuraron entre ellos con diferentes opiniones. La vendedora no
hizo ningún comentario y yo, pasadas las horas, sigo pensando, sobre la actitud
ejemplar de una persona en su relación con otra, en una situación en la que se
piensa generalmente que los “negocios son negocios”. Me hizo recordar en los
empresarios que vendieron oxígeno a precio justo, en plena manifestación de la
pandemia.
Ese acto, que considero
de solidaridad, me motiva a iniciar el artículo reconociendo una sencilla e
importante manifestación de empatía, en un ambiente nacional en el que también
se respira mucha antipatía por el cuidado extremo de los “feudos
propios” y, a veces, con mucha violencia. La empatía, por el contrario, acerca
a las personas al ponerse una en el “zapato” de la otra. Con esa actitud
solidaria se estimula la reciprocidad que en la ida y vuelta envuelve a la
empatía. A propósito, debo decir que, nuestra historiadora María Rostworowski, señaló
que la reciprocidad es un apreciado valor de la cosmovisión andina, expresados
hasta hoy, por ejemplo, en el Ayni, en la Minka, en los trabajos comunales y
otras costumbres que no podemos desperdiciar.
La empatía existe en
las interacciones sociales y debe fortalecerse, profundizarse y ampliarse en la
práctica del aprendizaje. Quedarse solo en la teoría de la empatía es un
despropósito, pues ella es indispensable en una convivencia deseable y un
antídoto para superar el individualismo y exitismo antisocial promovido por las
“leyes” del mercado, que han logrado infectar las relaciones sociales y, en
particular, la educación. Lo dicho en este acápite también me hace recordar el
edificio de una universidad que se hizo para simular un piso vacío.
Considerar la empatía,
como un ingrediente sustantivo, estratégicamente alimenta la aplicación de las tesis de Vygotsky en su referencia al valor que
le concede a las interacciones sociales en el aprendizaje. En ese sentido, para
toda persona es relevante ser un individuo social, un ciudadano comprometido
con el ejercicio de derechos y expectativas de transformación de nuestra
sociedad. Por eso debemos tenerla en cuenta, sin que esto quiera decir, como
sucede como costumbre en la enseñanza, que tenemos que ignorar las relaciones
de poder de unos sobre otros y la lucha permanente por la dignidad de una vida
mejor en una sociedad que no necesite de
perfumes y pinturas faciales que sirven para ocultar las desigualdades e
inequidades sociales.
A partir de este hecho
cotidiano, que forma parte de los
aprendizajes estimulados y no siempre aprovechados en toda circunstancia de la
vida, cabe preguntarse si las instituciones públicas en nombre del rol “rector”
y las instituciones privadas, que forman parte de la punta de la pirámide
social, hacen ejercicio de la empatía, mediante el reconocimiento de los estudiantes,
saberes logrados y demandas reales.
Muchos estamos de
acuerdo en que el “perfil real” del sistema escolar parte de cero y no
considera, de modo importante las vivencias y aprendizajes previos, salvo
cuando estos se refieren a los contenidos disciplinares desarticulados y
secuenciados linealmente en “pedacitos” según su propia lógica. En ese terreno nos movemos, con diferentes roles y
compromisos, orientados a modelar a los estudiantes disponiendo unilateralmente
él Debe Ser y qué, cuándo, cómo, dónde, con quiénes y con cuánto realizar una
experiencia básicamente cognitiva. Se
les entrega, transfiere o enseña como obligación lo que deben aprender,
colisionando con lo que ya saben los estudiantes y que han aprendido en la vida
cotidiana. Se habla de conocimientos que tienen que adquirir, como en un
mercado moderno de marcas en que recogen en carretillas la información de
conocimientos que deben hacer suyos, previo pago abierto, en las ventanillas de
los proveedores privados y, sin darse
cuenta, en las ventanillas de un
servicio público que debe ser gratuito, por derecho. Se habla de respeto a la diversidad, derechos
de las personas, reconocimiento de potencialidades etc. y la vida diaria camina
en otros espacios y es ignorada.
Basta el deseo de
lograr mejoras continuas para preguntarnos ¿Cómo aprenden los estudiantes? ¿En qué
situaciones? Y así podemos comprender y valorar, con empatía, la capacidad que
han desarrollado muchos peruanos para sobrevivir, a pesar de las dificultades
harto conocidas, pero poco enfrentadas con dignidad como individuos sociales.
No dudo que el aprendizaje escolar sirve en el desarrollo de habilidades, tanto
como las lecturas que amplían panoramas individuales, las relaciones adecuadas
que existen al margen del acoso y de otras formas de violencia disimulada, la
afectividad de los estudiantes con los docentes y viceversa, actividades extracurriculares
que gustan y movilizan más que el estar sentados y la noción de sentir que se
ha logrado aprender, aun cuando los aprendizajes no llegar a satisfacer las
demandas del desarrollo de los estudiantes en las dimensiones sociales que
requieren como personas, trabajadores y ciudadanos.
La empatía no es
conocimiento de un lado y desconocimiento de otros lados como sucede en la
feroz competencia (rivalidad) en los hechos de la vida. Necesitamos una
epistemología que nos exija reconocer el valor de las personas en diferentes
dimensiones.
Tengamos en cuenta que
los estudiantes son personas que tienen:
1.
Múltiples
facultades innatas que se van modificando en experiencias vitales simples y
complejas en la relación con otras personas, la naturaleza y las cosas.
2.
Necesidades
básicas, intereses y expectativas de una vida mejor que deben ser satisfechas en parte por ellos mismos y, en ejercicio
de sus derechos ciudadanos, por un soporte social equilibrado y justo en
beneficio de todos y durante toda la vida.
3.
Capacidades
de decisión en desarrollo al ser partícipes, de modo individual o en grupo, de
vivencias cotidianas, en muchos casos en actividades que requieren resiliencia.
4.
Culturas
diversas que, debido a problemas estructurales de la sociedad y continuos desarraigos
culturales, no permiten el desarrollo de sus identidades de manera armoniosa y
digna.
5.
Experiencias
vitales múltiples, en situaciones y espacios específicos de vida, demandan situaciones
de aprendizajes enfocados en la vida de los estudiantes.
6.
Modos
de aprender que no se articulan y, menos, se integran. Informales y no formales
en la comunidad y formales (Curriculares) y no formales (extracurriculares).
7. Maneras y velocidades individuales
diversas que no se tienen en cuenta en el acto de aprender formalmente.
Por esta situación, el “perfil
del egresado” del sistema escolar debería atender las características más
sobresalientes de los estudiantes. En ese camino, la empatía puede incluirse no
solo en los servicios a estudiantes con habilidades diferentes, sino que
debería ampliarse a todo el estudiantado a partir del reconocimiento de sus
potencialidades y sus saberes con el propósito de lograr aprendizajes
significativos de calidad que los reposicionen con mejores y mayores conocimientos,
desempeños y actitudes
Aceptemos
que el aprendizaje de competencias es un punto de inflexión en el sistema escolar,
pero su aplicación debe ser regenerada, si se quiere, como fruto de la empatía.
Es un llamamiento abierto a que el
privilegio de ser autoridad no nuble la empatía.
Manuel
Medardo Martínez Mendoza
Pachacámac,
4 de setiembre 2020
Imágenes
Google: Juan Carlos Jiménez / Linkedin
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